A la cazuela

—No sé, tío, me da palo.
—¿Que te da palo? ¿Y no te da palo tener veinte comensales a la mesa en unas horas y no saber qué darles para la cena de Navidad?
—Pero, tío, es que parecía que iba a ponerse a hablar.
—Bah, bah. ¿A que sí que te comerías un delfín? ¿Eh? Y una ballena. Seguro que te encantaría zamparte una ballena, ¿verdad? Pues ellos también hacen ruiditos y parece que hablan. Macho, eso es ser muy hipócrita.
—Tío, es que… no es lo mismo, no es un pez.
—Joer, lo han pescado con una red, ¿no? Tiene escamas, ¿no? Pues no sé qué problema le ves.
—Me da manía. ¿No podemos pillar otra cosa?
—¿Adónde quieres ir a estas horas? Está todo cerrado y si encontrásemos algo lo pagaríamos a precio de oro. Hundiríamos el restaurante.
—Uf… no entiendo cómo hemos llegado a esta situación. Era una pescadería de lujo…
—Es el riesgo de comprar lotes de productos a buen precio en una caja cerrada: que puede entrar de todo. Pero bueno, macho, ¿nos dejamos de charla y comenzamos? El tiempo corre y hay que filetear la pieza.
—Yo lo siento, pero no puedo hacerlo. No puedo ni mirar. Tal vez cuando la partas…
—Joer, de acuerdo, yo lo hago. Eres una nenaza.

    Cogió el mejor cuchillo que tenía y lo afiló con parsimonia, echando miradas cautelosas al cuerpo, mientras calculaba el trabajo a realizar.
Se tomó su tiempo antes de acercarse a la mesa inhalando ruidosamente. Buscó el lugar preciso en el que la piel transmutaba a escamas y hundió el arma blanca con firmeza, resoplando. El vientre cedió a su presión más fácilmente de lo esperado.

    Ella yacía bocarriba con los ojos cerrados. Su cola dorada había perdido el brillo inicial y no parecía tener fuerzas para luchar. No le vio venir y levantó las manos demasiado tarde, intentando protegerse, pero él continuó recorriendo su cintura con la hoja afilada, derramando una sangre roja, extremadamente roja, por la mesa de la cocina. El vaivén del metal lanzaba destellos plateados.

    Su cuerpo convulsionó un par de veces antes de sucumbir a la muerte. Quedó inmóvil con la cabeza derrumbada, ojos espantados y la punta de una lengua sonrosada asomando por la boca entreabierta. Su largo cabello húmedo se deslizó hacia la mesa dejando al descubierto unos pequeños senos puntiagudos.

—¡Joder, no doy crédito, macho! Abre los ojos y mira esto.
—¿Qué? ¿Qué pasa ahora?
—Mierda, yo pensaba que esto iba a ser pescado macizo y resulta que por dentro está llena de vísceras y espinas enormes, puagh. Apenas hay nada comestible. ¡No nos sirve!

    De modo que metieron a la sirena en una bolsa de plástico y la tiraron a la basura.
Ofrecieron puré de lentejas con huevo roto para cenar. Lo decoraron con gracia y lo vendieron como el regreso a unos orígenes más responsables con el medio ambiente y los animales en general.
Fue todo un éxito.

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
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