Analía

El ruido parecía proceder del punto más alejado de la estancia.
Se detuvo a observar a su alrededor. En la oscuridad reinante pudo distinguir la silueta de fogones, armarios saqueados y sartenes oxidadas. Ante él, vibraba de actividad una mesa con platos abandonados en la urgencia de huir. Prestó atención al movimiento: solo eran unas cucarachas dando cuenta de los restos resecos de comida.
Decidió que debía dirigir sus pasos hacia el fondo y comprobar qué se escondía tras esa puerta de alacena bien cerrada.
Peleó con el pomo y al final la abrió de un empellón. A sus pies encontró una figura acurrucada, temblando con la cara oculta entre las piernas. La fuerza imperiosa que le gobernaba le obligó a avanzar hacia ella con un alarido ansioso. El ser encorvado respondió alzando el rostro con ojos asustados.
Esos ojos…
Algo despertó en él y lo paralizó. La mujer que le miraba también debió de sentir algo especial. Su miedo se suavizó, se tornó sorpresa y luego pesar. Por último, le sonrío en una mueca torcida llena de tristeza.
Esa sonrisa…
Y un millón de imágenes aparecieron en su mente, como flashes, con la velocidad de un relámpago: el primer día que escuchó su risa despreocupada por los pasillos del instituto, la fiesta en la playa donde le ofreció su chaqueta y ella le obsequió con su compañía el resto de la noche, el primer beso en un portal durante aquella tarde de lluvia, la suavidad de su piel cuando se amaron sobre la tierra húmeda bajo las estrellas…
Imágenes que ya no entendía. Sabía que algo invisible le unía con esa mujer, aunque no era capaz de interpretarlo.
Quiso volver a mirarla, pero ya no la encontró en el suelo. Retrocedió y se giró, buscándola, con un aullido lastimero.
Ahí estaba, frente a él. Sostenía un revólver con manos trémulas y lloraba.
Él quiso hablarle, decirle que la conocía, preguntarle qué les había pasado, por qué ya no estaban juntos si a su lado se sentía tan bien, pero solo logró emitir un gruñido ronco, profundo, que hizo que el cuerpo de la mujer se sacudiera de miedo.
La vio endurecer su expresión, afirmar sus pies en el suelo y templar sus brazos, aunque las lágrimas seguían bañando sus mejillas. Le sonrío con ternura y le habló por última vez antes de apretar el gatillo.

—Lo siento, Damian. Te quiero.

Él escuchó su voz y, de pronto, recordó.

—Analía… —gruñó alzando su mano hacia ella en un gesto inútil de despedida.

El disparo le acertó de lleno en el craneo, haciendo añicos su cerebro.
Y es que todo el mundo sabe que ese es el único modo de acabar con un zombie.

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Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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