El brazalete

Cuando despertó, la encontró tumbada a su lado y sonrió feliz. Era tan hermosa…

Se volvió hacia ella para abrazarla, pero el mundo se le oscureció cuando se le escurrió entre las manos. La vio salir de la cama con expresión disgustada y sintió como se instalaban en él, el desamparo y la incomprensión.

¿Qué pasa, cariño? ¿No estás contenta? ¡Hoy es nuestro gran día!

Ella se detuvo y volvió la cabeza para mirarle. Sus ojos negros, llenos de dureza, le hicieron dudar.

Oh, vamos, esto ya lo hemos hablado muchas veces. Disfrutemos de lo que tenemos. ¡Este es nuestro día especial! volvió a imprimirle alegría a la última frase, en un intento de contagiar su buen ánimo a su amada.

No funcionó. Ella retomó su camino a la cocina y él salió de la cama a regañadientes para seguirla en silencio, porque la indignación empezaba a oprimirle la garganta. Ella removió cacharros, intentó poner orden en el caos que reinaba, quiso preparar café y se rindió ante sus esfuerzos vanos, con la rabia apretada en las manos, cerradas en puños tensos a ambos lados de su cuerpo hundido y triste.

Amor, venga, no te lo tomes así. Esta tarde saldremos a pasear y te sentirás mejor, ya lo verás le dijo, acercándose despacio por detrás.

Ella no le dio tiempo siquiera a rozarla. Se escabulló de su presencia y salió al comedor. Desde una distancia prudencial, extendió su brazo y le mostró el brazalete. Él notó la ira subiéndole desde las tripas hasta la boca, como un monstruo denso y ardiente que despertase de un largo letargo.

¡¿YA ESTAMOS DE NUEVO?! bramó.

Ella no se amilanó. Insistió en el gesto, agitando la muñeca para producir un tintineo metálico, entrecortado, vibrante como un sollozo. En su expresión ceñuda comenzó a dibujarse la pena. Sus labios y sus ojos se hundieron en las sombras de su rostro. Por un segundo, pareció que iba a romper a llorar.

Él no lo soportó más. Había comenzado el día ilusionado ante la expectativa de volver a verla y ahora… ahora esto. Siempre igual. La misma autosuficiencia, el mismo egoísmo. Por eso pasó lo que pasó y él se lo ha explicado a ella mil veces, pero no hay forma de que lo quiera entender. No desea comprender. Es insoportable. Ni siquiera se explica por qué sigue insistiendo.

Porque la quiere, se dice a sí mismo. La quiere más que a nada. Aunque también la odia porque ella no le ama igual. Le quiso, sí, pero no le respetó lo suficiente, no le trató como él se merecía. Ella, ella…

La crispación le llevó a dar dos pasos hacia su amada, que permanecía en pie, retadora y decidida, enfrentando su enfado. Se notaba que ya no le tenía miedo y eso le irritó aún más.

Levantó el puño prieto y emitió un rugido contenido. Ella le miró con condescendencia y elevó las comisuras de los labios en una sonrisa triste. No lo aguantó más. Abandonó el salón y, a grandes zancadas, se encaminó al sótano. Bajó las estrechas escaleras entre bufidos e improperios, marcó la contraseña en el lector digital y entró en la estancia lleno de furia. Se detuvo un instante, más por costumbre que por verdadero interés, ante el panel de control de humedad y temperatura. Todo estaba bien.

Cuando se plantó frente al arcón, antes de abrirlo, insufló aire en sus pulmones resecos por el tabaco de ¿cuántos años ya? ¿Veinte? Veinte largos años hacía que había vuelto a fumar. Justo después de aquello. Por la tensión, quizás.

Su cuerpo tosió y se agitó. La boca se le llenó de sangre caliente que escupió a un lado sin mirar. Se limpió con la manga del pijama y levantó la tapa de cedro oscuro. Sonrió.

Ahí estaba, perfecta, tal como él la había conservado. Deseó darle el puñetazo que anhelaba, ese que llevaba en las manos cuando vino corriendo hasta aquí, pero ya no podía hacerlo. Destruiría su obra: un trabajo bellísimo, fantástico.

Se enorgullecía de su resultado. Un buen arqueólogo sabe de estas cosas y él lo fue. Fue el mejor de su promoción, de su país, de su época.

La adrenalina seguía corriendo por su cuerpo y, para darle salida, se contentó con asestar una fuerte patada a uno de los sacos de natrón que todavía almacenaba allí. Los diminutos cristales blanquecinos, usados para conservar los cuerpos en la época de los faraones, se esparcieron por el suelo, mezclándose con la sangre que acababa de escupir.

La masa rojiza le trajo recuerdos. Imágenes fugaces y desordenadas del asesinato, del desangrado, de la extracción de los órganos, de su amada viva y asustada justo antes de morir…

Sangre y polvo.

Y el brazalete, por supuesto. Sin él, nada habría sido posible. Ese brazalete encontrado en aquella antigua excavación expoliada por los ladrones. Solo él fue capaz de traducir la inscripción sobre la plata que se ceñía a su muñeca:

“Y en el Día de Muertos los no vivos renacerán entre aquellos cuyo corazón aún late”.

Qué emocionante fue su estudio, cuánto tiempo invertido, cómo investigó. Tuvo que probar con un ratón y más tarde con un perro. Y funcionó. ¡Funcionó!

Su secreto funcionaba y ella regresaba cada noche de difuntos. Volvía junto a él y, al principio, era maravilloso, pero luego empezó a recordar, a unir cabos, a preguntar. Y él se lo explicó todo. Le dijo que era por su bien, que así no volvería a sufrir. Se acabó lo de quejarse por sus arrugas, lo de preocuparse por la canas. Ya no tendría que dedicar horas a arreglarse ni le dejaría en evidencia coqueteando con desconocidos para sentirse hermosa. Él no volvería a sentir celos y ella no envejecería jamás. Su belleza se conservaría intacta por los siglos de los siglos.

Solo para él, por supuesto.

Ella no lo entendió, no comprendió nada y comenzó a difuminarse, a disolverse en el aire. Era incorpórea, un espectro, pero estaba unida a él. Atada a él por ese brazalete que él le regaló antes de darle muerte y mantuvo con cuidado en su muñeca al embalsamarla para que magia funcionase…

Notó frío en su espalda y se volvió con rapidez y cierto espanto. Allí estaba, su amada fantasma observando con ojos negros y desorbitados sus propios restos yacentes, desecados, ásperos, sin vida, en postura fetal: las rodillas en la barbilla, los párpados sellados y, en la muñeca, la joya que la mantenía en el limbo de los no muertos.

Antes de que él pudiese hacer nada por evitarlo, ella se abalanzó sobre su cadáver. Él, sin inmutarse, soltó la pesada tapa y la dejó caer. El cuerpo translúcido de ella fue atravesado por la madera oscura, como haría un soplo de aire y, de pronto, se encontró de rodillas sobre el arcón cerrado, agitando frenéticamente los brazos inmersos en su interior, en un intento desesperado de retirar el brazalete maldito de su muñeca embalsamada. Nunca lograría hacerlo y, cuando se dio de cuenta de ello, se volvió a mirarle con el rostro lleno de espanto.

Vamos, cariño, sabes que no puedes hacer nada, que me perteneces. Disfruta de mi amor y déjate querer. Aprovecha, estás preciosa y ¡hoy es Halloween!

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