El corredor

Ese era el momento en que solía encontrarle. Al anochecer, cuando el sol se ponía y regresaba a casa tras la larga jornada laboral. En la calle de velocidad reducida, con su vehículo a menos de treinta por hora para poder alargar el instante de recorrer con la vista los gemelos poderosos y los bíceps turgentes. Incluso en invierno corría en manga corta. Lo sabía bien porque llevaba más de un año anhelando su cuerpo. Esos hombros anchos y ese vientre que intuía duro como piedra tallada. Carne de gimnasio, sin duda, con un rostro amable y aniñado, de suaves mejillas rosadas, que imaginaba reflejo de un carácter dulce y tranquilo.

Cuando le dejaba atrás, aceleraba para llegar cuanto antes a casa. Su objetivo: aparcar en el garaje, dar besos ligeros a la familia y correr a tirar la basura, para volver a encontrarle en su puerta, casi de bruces, e intercambiar una mirada ardiente y una sonrisa tímida, ¿cómplice? Eso soñaba.

Porque mira que lo había soñado veces: conocerse, amarse, dejarlo todo por él, huir con él. Pero ante esas ideas surgía la incomprensión y la culpa, la tremenda culpa. La familia, el qué dirán. Y le faltaba el valor incluso de decirle ‘hola’, de probar suerte porque, si no resultaba, si él no quería nada, ¿cuál sería entonces el sentido de sus días?

Regresaba al hogar con la cabeza gacha y saludaba de nuevo, preguntaba por sus deberes a los niños, por el trabajo a su pareja y se derrumbaba en el sofá, mientras su señora le ponía la cena en la mesa y le repetía noche tras noche, como un mantra odioso que él se negaba a escuchar:

—Cariño, está muy bien que bajes la basura, pero podrías hacerlo después de cenar. Tiene más sentido.

 

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
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