El desconocido del tren

Cruzó la mirada con el hombre en el arcén. La observaba sin reparos hasta que ella le clavó los ojos y él, apurado, desvió la vista al final de la estación por donde llegaba su tren.
Ahora resultaba incómodo tenerlo sentado a su lado. Se esforzaba por olvidarlo prestando atención a lo que ocurría al otro lado de su ventanilla. Solo que afuera no pasaba nada. La oscuridad todavía teñía las calles desiertas.
El murmullo del tren la adormecía. Habría cerrado los ojos de no ser por ese desconocido tan elegante de su izquierda. ¿Qué había que hacer para tener su aspecto a horas tan tempranas? Esa mirada limpia, esa expresión fresca y despejada.
Ella no lo había logrado. Con su traje de chaqueta y su bolso de marca combinaba una cara somnolienta y un estómago vacío que comenzaba a quejarse. Decidió poner remedio. Le pidió permiso para salir al pasillo y cruzó tres vagones hasta la cafetería. Saludó al entrar y tomó asiento frente al ventanal con un cortado y un cruasán.
El hombre apareció cuando saboreaba el último sorbo de café, dejó un taburete de cortesía entre ambos, y se sentó con un poleo.
El tren susurraba sobre las vías, el paisaje volaba ante ellos.
—Parece que va a hacer un buen día —dijo él.
—Sí —contestó ella sin saber cómo continuar.
—¿A Barcelona?
—No, a Tarragona por trabajo. Soy química. ¿Y usted?
—Igual, a Tarragona a intentar cerrar un tema. Soy abogado.
“Se nota”, pensó ella. Los abogados de su divorcio vestían así: traje, corbata y aspecto cuidado. Bueno, eso los de su exmarido. El suyo no. El suyo era barrigudo y perdía mechones de pelo cada vez que se atusaba nervioso la cabeza. “Niégate a todo”, le había aconsejado. “Se cansará e irá cediendo. Deja pasar unos meses”.
Y eso hacía, huía. Cambió de trabajo y ahora iba en ese tren.
Se despidió educada y pasó por el aseo a cepillarse los dientes y dar color a sus labios. Cuando regresó a su asiento el hombre ya estaba allí. Y también el día que amanecía sobre el mar a través de las ventanas. Una luz dorada inundaba el vagón y el reflejo del sol en el agua la deslumbró. Quiso acceder a su sitio y se apoyó sin querer en el hombro del desconocido. Él la atravesó con dos ojos negros, profundos, surcados de diminutas arrugas. Ella se excusó y él sonrió. Ella se sintió acalorada y él le prestó su mano para ayudarla a tomar asiento.
Quedaron allí, iluminados por el sol, con los dedos entrelazados. El bolso de ella en sus rodillas. A sus pies el maletín de él, con los papeles del divorcio de ella en su interior.

0E2654C2-D673-42B9-9ED5-2665967AE9B2

Este relato ha sido publicado en la revista Club RENFE  (Nro 23, diciembre 2017)

 

Copyright © 2018 Teresa Guirado.
Todos los derechos reservados

Anuncios