El ser invisible

Se atrevió a salir ahora que la oscuridad lo envolvía todo, aunque el olor había captado su atención hacía ya un par de horas. Era demasiado bueno como para dejar alguna duda de que, por allí cerca, había algo muy sabroso.

Claro que, después de tres días sin llevarse nada a la boca, cualquier aroma a comida la hacía salivar de anticipación. Tres días oculta, escondida, esperando su momento. A esas alturas se sentía sin fuerzas, hambrienta y más lenta de lo normal.

Los seres la habían hecho recluirse allí tras una persecución horrible. No sabía dónde estaba su familia, ni siquiera si habían sobrevivido a la escabechina. Recordó el miedo, el olor a sangre, el ruido de los golpes a sus espaldas, mientras huía aterrorizada…

Agitó la cabeza como si con eso espantara los recuerdos y volvió al presente. Le rugían las tripas y decidió vencer su miedo. Tenía que ir a por ese alimento o acabaría demasiado débil para intentarlo siquiera.

Salió de su escondite y caminó con premura. Aspiró el aire para darse coraje. ¿Patatas, tal vez zanahoria? Sí, a algo así olía, a hortalizas. De nuevo su tripa la impulsó al atrevimiento porque sabía que se la estaba jugando, que un acto así podía ser mortal.

Solo una breve carrera final y tuvo los alimentos ante ella. Patata y zanahoria, sí, y también arroz y guisantes y tomate y algo de pan. Manjares que hacía siglos que no comía, obligada como estaba a mantenerse en el inframundo como un ser invisible. Para ella y su familia solo había restos, despojos y basuras. ¡Qué injusto todo!

Pero su suerte cambiaba. Ante sí tenía un plato entero de alimentos recién cocinados, flamante, reluciente, todavía humeante. Sin poder contenerse más, sumergió la boca en la loza blanca, con cuidado de no quemarse, y se deleitó con el sabor. Tragó, engulló, saboreó, se relamió.

Tanto que perdió el control y olvidó las precauciones. No percibió los movimientos a su alrededor, los ruidos indicando que algo se aproximaba. Demasiado tarde. Era demasiado tarde.

Primero la luz que la cegó, luego el alarido desgarrador que la puso en guardia y, antes de poder entender siquiera lo que ocurría, el zapatazo encima que lo envolvió todo de color negro…

—¡¡¡¡Una cucarachaaaaaaaaaaa!!!!!!! —gritó el enorme ser humano de la casa, mientras con un último movimiento de antenas implorando piedad, su vida se apagó.

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
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