El vampiro y el diablo

El vampiro estaba cansado. No deseaba vivir más, así que se acercó al ventanal y observó el mar a la espera de que el sol anunciara un nuevo día.

—¿Qué haces?

La voz de ultratumba le sobresaltó, pero descubrir al diablo a su espalda le heló la sangre que acababa de beber y le prestaba, por unas horas, la vida que contenía.
Intentó mantenerse sereno ante el todo poderoso maldito y se explicó lo más claramente que pudo:

—He decidido acabar con mi existencia. Voy a ponerle fin. Contemplaré mi último amanecer, mientras ardo bajo la luz del sol y me convertiré en cenizas.

La respuesta del diablo no se hizo esperar. Su voz volvió a resonar en la estancia como el eco de un derrumbamiento.

—Eso no puede ser.

—¿Y por qué no? —se atrevió a replicar, una vez sintió que no temblarían sus palabras debido a los nervios.

—Porque yo te concedí el don de la inmortalidad y todavía no he decidido quitártelo. Eres mi siervo. Necesito las almas que atrapas para calmar tu sed, necesito su miedo. Me hace grande.

El vampiro sentía que ya no tenía nada que perder y replicó.

—Pues yo no deseo sentir más miedo en mi presencia. No quiero causar más muerte ni más dolor a mi paso. Quédate con tu don, ya no lo quiero.

—Jajajaja —la risa del diablo retumbó en las paredes haciéndolas vibrar—. ¿De verdad crees que puedes elegir? Vendiste tu alma por amor, ¿no lo recuerdas?
Lo recordaba. Recordaba su rostro, sus ojos, la calidez de su piel, su voz, su olor, sus abrazos, sus besos… su enfermedad.

—Te la llevaste. Me engañaste y te la llevaste. Cambié mi alma por su amor y la plaga me la arrebató. Podrías haberla salvado, pero no lo hiciste. No me dejaste convertirla y hacerla mía para siempre, tenerla conmigo siempre. Deberías devolverme mi alma, pues no me concediste mi voluntad. Me debes su vida.

—Te equivocas. Ella tenía por delante una vida larga y próspera en otro lugar, un matrimonio afortunado con otro hombre y hermosos hijos, pero tú me pediste que la mantuviese a tu lado, que la hiciese enamorarse de ti y por eso se contagió de la peste. Cambiaste su futuro y murió debido a ello. Solo tú tienes la culpa de lo que le ocurrió. Fuiste egoísta: antepusiste tu amor al suyo. Tus deseos a los suyos.

El vampiro se volvió hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal. Alzó la vista al horizonte. El sol debería de mostrar ya sus primeros rayos, sin embargo, el cielo aparecía oscuro, cubierto de nubes.

—Yo la quería más que a nada… —musitó.

—La querías por encima de ella misma, la querías tuya. No la dejaste libre para vivir su vida. Eso no es amor.

Una gota de sangre manó del ojo del vampiro y recorrió su mejilla para acabar estrellándose contra el suelo de mármol blanco en un círculo perfecto, casi irreal.

—¿Y qué debía haber hecho entonces? —preguntó débilmente, sintiendo que las fuerzas le abandonaban.

—Debiste dejarla marchar —respondió el diablo.

—¿Y qué habría sido de mí? —volvió a preguntar, sin entender nada.

El diablo volvió a reír con tanta fuerza que el suelo tembló bajo sus pies.

—Jajajaja… ¡Ingenuo! ¿Acaso ganaste algo intentando retenerla? ¿Fue ella feliz? ¿Lo fuiste tú? ¡No puedes ponerle cadenas al amor, no puedes aplicarle leyes! Si quieres saberlo, si la hubieses dejado elegir, ella habría seguido su camino y tú te habrías vuelto a enamorar de otra persona. Habrías sido feliz. Ambos lo hubieseis sido. Esa era la vida que tenías predestinada.

El vampiro se volvió para observar al diablo con ojos enrojecidos y los colmillos asomando por los labios entreabiertos.

—Pero acudí a ti y lo perdí todo.

—Así es. Todo el que acude a mí lo pierde todo, solo que no lo sabe aún. Vuestra ansia de poseer amor, dinero, poder, juventud… os vuelve mezquinos. Os hace creer que no tenéis nada más y os entregáis a mí como juguetes a mi antojo… Jajajaja. Y los que son como tú, sois los peores. Creéis que podéis domesticar a otras personas, hacerlas vuestras. Me dais asco y a la vez os amo porque sois tan poca cosa, tan frágiles, necesitáis tanto de mí… El infierno está lleno de tipos como tú, pagando penitencia por sus pecados… Jajajaja.

La risa, las palabras, la burla del diablo, hicieron que la sangre del vampiro subiera de temperatura y comenzara a hervir. Sintió la rabia acumulada durante quinientos años de odio y mostró los colmillos como un felino, las uñas en garfio, los ojos nublados, mientras el diablo reía y reía. Saltó sobre él y, en un segundo, se vio minúsculo, en el suelo, frente a una enorme pezuña de macho cabrío: la pezuña del diablo.
Observo sus nuevas patas, desplegó sus alas, agitó sus antenas.
Entendió lo ocurrido.
Y casi le alivió. Solo necesitaba a alguien que odiase a las cucarachas y le pegase un buen pisotón, tal vez un escobazo. Todo acabaría al fin para él. Descansaría.

—No te lo voy a poner tan fácil —habló el diablo desde las alturas—. Seguirás siendo inmortal para que puedas reflexionar sobre todo lo que te he dicho. Quizás, cuando limpies tu alma y te arrepientas, puedas morir de verdad.

Pero el vampiro, ahora cucaracha, seguía sin entender de qué hablaba el diablo.
Él la amaba y ella debía ser suya, suya, suya y de nadie más, y por eso vendió su alma. Todo por ella, para ella. La culpa de su muerte era del diablo, solo del diablo, que se la arrebató y no cumplió su promesa de amor eterno…

Algo se interpuso en sus reflexiones. Era el aroma del cadáver que había asesinado horas antes. Le gustó y el apetito cegó el resto de sus sentidos y pensamientos. Corrió hacia el sofá con sus nuevas extremidades, sin pararse siquiera a admirar el magnífico sol que, en el horizonte, brillaba sobre las olas.
A fin de cuentas, solo era una cucaracha.

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
Todos los derechos reservados.

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