Ensaladilla rusa

Está en la cocina sudando, cagándose en todo, como cada día de las malditas vacaciones.

Los niños con su padre y la abuela en la playa y ella… ella con la comida. Lentejas esta vez. Sencillas y nutritivas. Y una mierda. Que si la zanahoria, el calabacín, la cebolla… Un calor de mil demonios en el cuchitril que han alquilado. Con el biquini de la mañana a la noche. Ni siquiera tolera el bañador, a la porra con los michelines de la panza. El delantal sí, eso sí, que no se quiere quemar.

Y suena el timbre y es el vecino de al lado. El que está de rodríguez con la nena de dos añitos. Su mujer currando y él ejerciendo de papi. Como su marido, igual. Que se apuesta ella lo que sea que está ya en el chiringuito tomando la segunda cerveza del día o la tercera, vete tú a saber. Porque está su madre echando el ojo a los niños que si no de qué. Cualquiera se fía.

El vecino le pide un huevo. Se le ha cortado la mahonesa para la ensaladilla rusa, que a su pequeña le encanta, le dice. ¡Haciendo mahonesa!, no da crédito. Es que la niña está durmiendo y no la quiere despertar. Con un huevo la recompone, le explica. Mejor de bote en esta época, le aconseja ella, pero él le asegura que prefiere lo natural.

Un huevo, pues a la cocina entonces. Con biquini y delantal del Atlético, que en casa todos los trapos se visten del equipo regional. Y el vecino que la sigue dejando la puerta abierta, no se vaya la chiquilla a despertar, y ella que saca el huevo y lo apoya en la encimera y rueda hacia el suelo y no lo caza y ella se dobla por la cintura y su culo choca contra el centro del cuerpo de él.

Se separa como un torpedo y resbala con los restos del huevo. Ahora es ella la que cae y él con ella, que la intenta sujetar y no lo logra, y sobre el terrazo se enredan brazos, manos y pies. Un gritito de susto, la tranquilidad de que no hay daños, las risas de la escena.

Se sonríen, se miran, el calor.

La clara del huevo se desliza por sus piernas y él le pasa un paño cualquiera, el primero que pilla. Ella le ayuda y él la observa y cruzan las pupilas y decirle guiarle y él se deja guiar. Sube y se hunde bajo el delantal. Se sumerge con el paño y su mano y la clara de huevo y sigue la curva suave de sus muslos y aumenta la temperatura. Y ella separa las piernas y facilita el acceso y él encuentra el camino y accede con cuidado primero, con decisión después.

La cocina huele a zanahoria rehogada y calabacín dorado, y silba la olla y gime la cocinera mientras el rodríguez alivia sus vacaciones y la nena duerme soñando con ensaladilla rusa.

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Copyright © 2016 Teresa Guirado.
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