La casa

Se sentó y puso la mano sobre el lector digital. Las luces del panel de mandos cobraron vida. Con voz pausada y monótona indicó la primera orden:

—Cinturón on.

De inmediato se sintió arropado en pecho y cintura por su asiento. <Clic>, <clic> y comenzó a oírse el tenue zumbido del motor. Presionó con la espalda el respaldo y se inclinó hacia atrás hasta que se sintió cómodo.

—Ruta on. Destino casa.

El vehículo comenzó a ronronear más fuerte y accedió a los nuevos mandatos. Se puso en camino.

—Tele on. Canal noticias.

Una amplia zona de la luna frontal se tornó opaca y comenzó a mostrar varias secuencias de gente corriendo, con pañuelos rojos al cuello, mientras el comentarista narraba los incidentes producidos en los Sanfermines durante la mañana.

Suspiró y chasqueó la lengua con desdén. Como gran experto en robótica que era las imágenes mostradas le resultaban carentes de emoción. Sabía de sobra que esos cibertoros en ningún caso harían daño a nadie a no ser que los corredores hicieran algo sumamente descabellado. Cumplían a la perfección la primera ley de Asimov: “Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño”.

—Tele on. Canal porno —ordenó.

Imágenes de cuerpos desnudos practicando sexo aparecieron ahora ante su vista. Tampoco eso le satisfizo. Moría por llegar a casa y reencontrarse con su pequeña y adorada Marisa. Recién casados, justo en lo mejor, y a él le envían a ese estúpido congreso. A pesar de los siete días en ayunas la carnalidad de las escenas le desagradó.

—Tele on. Canal naturaleza.

Árboles, riachuelos y pájaros. Eso le pareció bien. Se impulsó hacia atrás, un poco más, decidido a relajarse. Había sido una semana tremendamente dura y solitaria sin su Marisa.

Cerró los ojos dejándose mecer por el movimiento del vehículo y los sonidos del bosque que emitían los altavoces.  Sin darse cuenta se vio llegando a la amplia avenida, al final de la cual, se encontraba su casa.

Desde la distancia le sorprendió la oscuridad reinante en su domicilio. El contraste de la acera iluminada contra el vacío que se apreciaba a partir de las vallas de altos y tupidos setos que delimitaban su propiedad.

No era normal. A esas alturas de la tarde su mujer debía llevar en casa un par de horas al menos. Y eso tampoco era necesario. El hecho es que las luces estaban programadas para encenderse al anochecer cuando la intensidad lumínica descendía.

Toda la casa estaba automatizada por él para que resultara lo más cómoda posible. Lo había controlado todo. ¿Un fallo general de la zona? No, porque el resto de casas colindantes sí tenían luz. Si sólo era en su casa, ¿por qué no había saltado el circuito de emergencia que también tenía previsto?

—Tele off.

La luna frontal volvió a aclararse mientras el vehículo reducía la velocidad y entraba suavemente en su jardín. Observó con detenimiento a su alrededor. No alumbraban ni las luces que señalaban el camino al garaje, ni las del interior de la casa, ni las que indicaban el acceso a la entrada principal.

Se detuvo frente a la puerta del garaje que permaneció cerrada ante él. Eso tampoco era normal. Tras unos segundos el leve zumbido del motor disminuyó más todavía.

—Problema en fin de ruta —señaló la voz antinatural del ordenador de a bordo.

—Ruta off. Cinturón off —le contestó él y el motor se apagó.

Bajó preocupado y dirigió sus pasos hacia la puerta principal de su hogar. Colocó la mano sobre el lector digital el tiempo suficiente para decidir que aquello no funcionaba. Caminó hacia la puerta de la cocina, a la derecha del esbelto edificio blanco de dos plantas. Tampoco esa entrada cedió a sus huellas.

Llamó entonces a Marisa. Su inquietud crecía y necesitaba saber que ella estaba bien. Habló con su reloj de muñeca para seleccionarla como receptor pero nadie le contestó. En lugar de eso escuchó un mensaje indicándole que el dispositivo llamado estaba apagado.

La última posibilidad era el garaje así que retrocedió sobre sus pasos para comprobar que la puerta tampoco se abría por mucho que insistió en quitar y poner la mano una y otra vez sobre el sensor táctil, desesperado ya, como empezaba a estar, por poder entrar en su domicilio.

En su desquicio recordó de golpe que la puerta abatible tenía una posición que permitía la apertura manual. Volvió al vehículo y rebuscó en la guantera hasta encontrar la llave de emergencia. Un objeto de metal que jamás se había visto obligado a utilizar antes, pero que siempre se preocupaba de dejar en lugar seguro. Cuánto más conoces los entresijos de computadoras y robots, más claro tienes los fallos y problemas con los que puedes encontrarte.

Preparó la maneta, jugó con la llave hasta que logró introducirla en el agujero indicado y elevó la puerta lo bastante para colarse en el interior.

Tuvo que activar el modo linterna en su reloj para poder ubicarse en el lugar. El vehículo de Marisa dormía allí, ¿dónde estaba ella entonces? Aumentó su inquietud y su velocidad. Se dirigió rápidamente a la puerta de acceso a la vivienda.

—¿Marisa? ¿Marisa? —gritó nervioso.

¿Una broma tal vez?, ¿una fiesta sorpresa? Por su cabeza pasaron mil ideas para explicarse a sí mismo la situación.

Con el brazo extendido para guiarse por la luz de su reloj de muñeca avanzó por el pasillo, accedió a la cocina, al recibidor y llegó al salón. Todo a oscuras pero todo en calma. Fue en el salón donde algo cambió.

La pared que alojaba el dispositivo de visión parpadeó mostrando que iba a encenderse. Eso le hizo frenar en seco su inspección. Quedó en pie frente a ella esperando ver qué ocurría. Para su sorpresa la enorme pared comenzó a mostrar imágenes de su mujer.

La automatizada casa tenía cámaras hasta en el baño. Marisa aparecía en la bañera dándose un baño de espuma. Luego mostraba su espalda seleccionando un modelito de su enorme vestidor. Frente al espejo de su tocador, poniendo color en sus mejillas y repasando las sombras de colores de párpados y ojeras que tanto le gustaba remarcar para estar a la última moda.

Se embelesó observándola. Admirando su pequeña figura, sus líneas casi infantiles y ese rostro suyo tan enigmático y especial. Le asombraba su brillantez e inteligencia. Todo en ella le resultaba admirable. La amaba con locura desde la primera vez que la vio en aquella reunión de antiguos alumnos. La conocía de vista del instituto, le gustaba, pero esa noche la chispa les incendió a los dos y acabaron juntos en su pequeño apartamento.

Poco a poco logró prosperar y darle algo mejor. Esa casa era su ofrenda a ella, todo a su gusto, todo para su amor…

Volvió en sí, a la situación que estaba viviendo, cuando en la pared vio a Marisa recibiendo a su amigo Iván. ¿Qué hacía allí Iván, en su casa? La fecha y hora que mostraba la parte superior derecha de las imágenes era de hacía tres días.

Ella le toma de la mano y estira de él para animarle a entrar. Las siguientes imágenes  les muestran en la cocina, tomando vino mientras terminan de preparar la cena. ¿Espaguetis quizás? Sí, espaguetis. En la siguiente escena están en el salón en el que está él ahora mismo, sentados en la enorme mesa que ella eligió, y puede observar con claridad que comen pasta y ensalada. No hay sonido pero, por lo gestos, debe haber  música ambiental y charla intrascendente. Ambos se sientan demasiado cerca y se sonríen con excesiva facilidad.

Los besos comienzan antes siquiera del postre y juntos, de la mano, recorren el camino hacia el dormitorio. SU habitación. La de los dos.

Allí se desnudan con rapidez y se besan con voracidad. Está más que claro que se desean con ganas, con fuerza, que es algo cultivado desde hace tiempo y su ausencia, su viaje de trabajo, ha sido la ocasión de hacer ese deseo realidad.

Las escenas de sexo son comparables a las del canal porno que poco antes le ha mostrado su vehículo y le excitan y revuelven las tripas por igual. Todo se le junta y, sin importarle lo más mínimo ensuciar la carísima alfombra a sus pies, se dobla sobre sí mismo para vomitar. Tira el café y el bollo de la merienda y bilis, mucha bilis, que le deja un gusto amargo en la boca.

Pero cuando se incorpora y vuelve a mirar, mientras se limpia la boca con el envés de la mano, algo ha cambiado. Han trascurrido unas horas en las imágenes, el sexo ha terminado y Marisa, en ropa interior, aporrea con el puño la puerta de la habitación. Iván la aparta y comienza a mover con energía el pomo y, al ver que no logra abrirla, a pegarle puñetazos y patadas a su vez. Discuten, se gritan.

Prueban con una silla. Es Iván el que la levanta y golpea con ella la puerta con tanta fuerza que se parte en cuatro pedazos, pero no logra su objetivo.

Son blindadas, ¿recuerdas, Marisa? Lo quisiste así para prevenirnos de ladrones e incendios. Una casa acorazada.

Debe acordarse porque su rostro refleja dudas y miedo. Corre a su reloj para solicitar una llamada pero por sus gestos se adivina que no hay cobertura. La casa ha debido anular la conexión en la habitación. Ha cerrado la puerta y los ha dejado aislados en su interior.

El cuarto de baño, piensan ambos a la vez porque corren hacia esa puerta que comunica con él. Al menos tendrían agua… Pero no, también cerrada. Ambas puertas. A cal y canto.

Sólo una cama, un tocador, una silla rota, un vestidor lleno de ropa, complementos y zapatos caros. Todo para ella, para su amada, para su Marisa.

La fecha de la pantalla es de tres días atrás.

Ahora unas imágenes de hace dos días con Marisa e Iván en la cama. Ella llora, él se tapa la cara con ambas manos. Marisa se levanta entre sollozos y entra en el vestidor. Deben usarlo como excusado porque en un minuto vuelve a salir arreglándose el pantaloncito de pijama que lleva puesto.

De ayer. Marisa en la cama está con los ojos cerrados, no se mueve. Iván golpea sin fuerzas la puerta del baño.

La pared se oscurece y todo queda de nuevo en tinieblas.

Activa de nuevo la luz en su reloj y con él se encamina escaleras arriba hasta la puerta de su dormitorio. Se aproxima y pone la mano sobre el pomo, un círculo integrado en la superficie de la puerta que con un leve movimiento de inercia la debería abrir suavemente. En ese instante todas las luces de la casa se activan. Todo se pone en marcha. La casa le cede el control.

Reflexiona unos instantes y antes de abrir decide llamar golpeando suavemente con los nudillos.

—¿David?, ¿David, eres tú? —Es apenas un susurro. La voz de su amada, de Marisa. Luego unos lloros, seguro que de alegría.— ¿Has vuelto, David? —La voz se acerca a la puerta pero sigue sonando muy débil. Su amor debe estar en las últimas.— ¿David, estás ahí? —le implora frágilmente, con esperanza y dolor en la voz, rompiendo a llorar de nuevo. Como si no se lo creyera, como si no estuviese segura de que fuera una ilusión.

Él se gira y apoya la espalda en la puerta dejándose resbalar por ella hasta que su culo toca el suelo. Toda la casa estaba automatizada por él. Lo había controlado todo. Todo. Incluso las leyes de Asimov. A quién no pudo controlar es a su amada Marisa.

“Tres días sin agua”, piensa entre brumas, “no debe faltar mucho…”.

Y sabe que nunca amará a nadie como la ha amado a ella.

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Copyright © 2016 Teresa Guirado.
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