La Cenicienta

Ya está. Se acabó lo que se daba y me siento como la cenicienta. Las 5 de la mañana son mis campanadas y me largo a casa sin príncipe y sin calabaza.

Pinchan la última canción y se me encogen las tripas. Miro a mi alrededor, a mis amigas. Cada cual con su copa haciendo bailar lo que queda de sus hielos. ¿Qué pensarán a estas horas? Seguro que más o menos lo que yo: que la fiesta se ha acabado y nada ha cambiado. Que la oportunidad se ha ido y seguiremos solas bailando nuestra canción. Tic tac, tic tac, el peso del tiempo abruma y la edad no perdona. Treinta y pico y solteras y encienden las luces y se termina la sesión.

Desperezamos los ojos y guardamos la compostura. Sabemos que está a punto de amanecer y que ya no dormiremos bien. Mañana, cansadas aún, nos llamaremos, tal vez nos juntemos para una caña, y nos reiremos de esta noche como si no hubiese pasado nada, pero la amargura sigue ahí. Esa tristeza que te hace darte de alta en la página web de contactos para probar otras fuentes en las que apagar la sed de cariño y aliviar la angustia de la soledad. Para soñar con esa persona especial, afín a ti, que te haga sentir querida.

Caminamos erguidas hacia la puerta entrecerrando los ojos al sol naciente. Sonreímos y debatimos si alargar la noche yendo a desayunar. Sí, no, no. Gana el no. Se acabó. Vuelta a casa. A la cama vacía y las sábanas frías…

—¿Qué te pasa, Elena? Llevas cara de entierro, mujer, cualquiera diría.

—¿Eh? Nada, pensaba en mis cosas…

—Pues piensa menos, chiquilla,  que parece que has estudiado filosofía en lugar de derecho.

—Ya, ya, lo intento…—lo intento pero la desesperación me puede y mi ánimo decae como…— ¡Uy! ¡Mierda!

Me veo, de pronto, con un pie desnudo y un zapato encallado en la rejilla que cruza la puerta. No doy crédito. La vergüenza me abruma y más cuando mis amigas se descojonan de mis circunstancias.

El fino tacón que me ha torturado toda la noche está hundido hasta la mitad. Me agacho con fingido buen humor y tiro de él sin lograr que se mueva un ápice.

Es entonces cuando, entre toda la gente que sale en marabunta de la discoteca, aparece él. Me mira, sonríe, se acerca y se agacha a mi lado. Estira con cuidado y firmeza y obtiene, como premio, la pieza que vestía mi pie y mi sonrisa más amplia de agradecimiento.

—¿T’ayudo a metértelo, guapa?

Vale, no parece un príncipe muy azul, pero esta noche no duermo sola.

—Claro…mete, mete…

zapato-para-la-cenicienta

Copyright © 2016 Teresa Guirado.
Todos los derechos reservados.

Anuncios