La desaparición de Sara

—Me asusté mucho al ver el reloj. Era tardísimo, por eso he salido de casa así, con el abrigo sobre el pijama. Pero me he puesto los zapatos, miren, para poder correr y llegar a tiempo al cole. Y lo he logrado: solo pasaban diez minutos de las cinco. Todavía había mamás y papás en la puerta esperando a los chiquillos. Yo me he puesto ahí, en la cola, aguardando a mi niña, a mi Sara, pero no salía. Las familias se marchaban, se iba vaciando la entrada del colegio y mi Sara seguía sin aparecer. Me he empezado a poner nerviosa, a preguntar aquí y allá por una niña morena, con coleta, con un vestido rosa, porque es como iba vestida hoy.

>>No he visto a su profesora, la señorita Adela, y he preguntado al joven que iba dejando salir a los críos cuando veía a sus padres en la puerta. Me ha dicho que no conocía a Sara Muñoz, claro, no puede conocer a todas las alumnas. Entonces he preguntado a las mamás de otras niñas de su edad, las que veía yo que tenían siete u ocho años como mi Sara. Quedaban poquitas y ninguna ha sabido de quién hablaba. No lo entendía, de veras que no lo entendía, porque no es un colegio tan grande. Yo me iba sintiendo más y más intranquila. He recorrido la calle de arriba abajo, he entrado en el quiosco de la esquina, incluso me he asomado a la cafetería… ¡No sabía qué hacer! Nadie me prestaba atención cuando preguntaba, ¡no veía a mi Sara y no me hacían caso!

>>He empezado a imaginar cosas horribles, se me saltaban las lágrimas de imaginar cosas horribles. Todos esos robos de niñas que aparecen en el telediario, esas desapariciones misteriosas, esos padres enloquecidos por el dolor y la desesperación de no encontrar a sus hijas. Pero me he dicho que eso no me podía pasar a mí, que mi pequeña iba a estar bien. Así que he vuelto a hablar con el chico de la puerta y le he rogado ver al director, a don Agustín. Me ha mirado raro y me ha explicado que ahora había una directora y que se llamaba María. A mí eso me da igual, quiero hablar con ella, le he exigido yo, cabreada ya, pero aguantándome las lágrimas, porque parecía que no me tomaba en serio. El chico ha dudado un poco, pero al final ha accedido y, cuando se han vaciado el patio y la puerta y ya no quedaba nadie, me ha acompañado al despacho de la directora. Yo intentaba controlarme, pero no podía evitar llorar y repetir el nombre de Sara, de mi niña, no me salían más palabras…

>>Afortunadamente, la directora ha sido muy amable. Me ha dado un abrazo para calmarme y me ha prometido llamar a la policia.

—Por eso estamos aquí, señora, y no debe preocuparse, su hija está bien.

—¿Mi niña está bien? ¡¿Está bien?!
—Sí, señora. Palabra de policia local. Hemos hablado con ella y está a puntito de llegar… Mire, ya entra por la puerta.
—¿Cómo? No se a quién se refiere usted. ¿Quién es esa mujer y dónde está mi niña?
—Mamá, tranquila, shhh… tranquila. Todo está bien, mamá, solo ha sido un susto.
—No sé quién eres. ¡No me toques! ¡Díganle a esta mujer que no me toque!
—Mamá, soy yo, soy Sara, tu Sara. ¿Recuerdas el día que me quedé encerrada en el baño y no salía del cole y moviste cielo y tierra para encontrarme? ¿Eh, te acuerdas? Eso fue hace mucho mucho tiempo, mamá, y ya pasó, ya estoy bien. Estoy aquí, contigo. No te preocupes más, mamá. La directora y la policia han sido muy amables y te han cuidado muy bien, ¿verdad?

—No se preocupe, su madre puede volver al colegio a vernos cuando desee, pero sabiendo que usted está bien. Menudo disgusto llevaba la pobre cuando ha entrado en mi despacho.

—Ejem… Sí, señora, pero debe entender que ya van dos veces este mes, la quinta vez que se le escapa este año. Tiene que ponerle freno a esta situación, controlar a su madre de alguna forma.
—¿Y qué quiere que haga? ¿La ato? A veces está bien, a veces está mal… Intento estar alerta, pero es una situación muy difícil.
—Mire, no sé, tal vez debería cerrar su casa con llave a ciertas horas.
—Puede ser, sí, lo pensaré. ¿Vamos, mamá? ¿Estás lista?

—Pero tú… yo no te conozco… mi Sara es una niña… una niña pequeña… Tú eres mayor, muy mayor. ¿Esto es una broma? Porque no tiene gracia… ¿Dónde han ido a parar todos estos años, entonces? ¿Dónde se esconden mis recuerdos? ¡¿Dónde?!
—Shhh… no llores, mamá, no llores…

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Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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