La excursión

El día amaneció con niebla, pero decidimos continuar con el plan previsto.

—Las nubes levantarán en un par de horas, no os preocupéis —nos convenció Matías, el más experto en temas de montaña.

Accedimos a realizar la caminata que llevaba a la gran carrasca con el ánimo de la juventud y con el espíritu de saber que era nuestro último día allí. Había que aprovecharlo.
Toda la pandilla, los seis amigos, nos preparamos para la marcha y recorrimos con dos vehículos los kilómetros que nos separaban del inicio del PR, la ruta de pequeño recorrido que teníamos prevista.
Divisamos los letreros de madera con el nombre que buscábamos y descendimos de los coches  con seguridad. Tras varios días de caminatas ya reconocíamos sin temor las señales que identificaban los caminos.
Iniciamos el paseo. Las tres chicas hablaban sobre los problemas de una pareja ausente en el viaje, mientras nosotros tres comentábamos el partido que habíamos visto juntos la noche anterior.
En un momento dado, la pista de tierra se desviaba por el lecho de un río seco formado por gruesas y redondas rocas que daban una apariencia irreal al terreno. Ahí fue donde nos llevamos el primer susto.
Apareció alguien, al principio dudamos si era un hombre o una mujer, que venía hacia nosotros con andar extraño. Le dejamos pasar y no respondió a nuestros “buenos días”. Sobre todo las chicas, lo encontraron intimidante. Caminábamos en sentido contrario, pero no pudimos evitar girarnos, de vez en cuando, para comprobar que esa persona, un hombre ya sin duda alguna, hacía lo mismo con nosotros.
Todo quedó en el recuerdo unos metros y unas cuantas piedras después. Entonces llegó el segundo susto. Un perrillo apareció en el camino y anduvo con nosotros un buen rato. Eso no nos preocupó, incluso nos pareció gracioso. El problema llegó cuando un perro de mayor tamaño se unió a él.
Nos adelantaban, marchaban a muestro paso o se quedaban rezagados, momento en el que volvían a correr.  No ladraban. Silencio y rabos quietos, parados entre las piernas como sumisos ante nuestra presencia, pero sin poder evitar continuar a nuestro lado.
El tercer perro tardó un cuarto de hora en llegar y, pocos minutos después, un cuarto. Todos con la misma intención de acompañarnos sin ninguna agresividad, pero, a pesar de ello, nuestro ánimo iba cambiando. Nos pusimos nerviosos, dábamos traspiés…

—¿Y si llamamos al 012 y preguntamos si hay alguna manada peligrosa por la zona? —propuso alguien y el resto, apretados entre nosotros para impedir que los animales penetraran en nuestro espacio y nos separase, accedió encantado.

—No hay cobertura —confirmaron, al minuto, varias voces temerosas.

Eso crispó a la mayoría de la gente, que comenzó a pedir volver. “Regresemos, regresemos…”.

—De acuerdo, vale —dispuso Matías, que ejercía de guía y, hasta el momento, parecía el más sereno.

Pero cuando giramos sobre nuestros pasos, la manada había crecido. Unos doce perros, de todos los tamaños, aguardaban a nuestras espaldas. No mostraban ninguna predisposición al ataque, aunque al dar unos pasos hacia ellos, se sentaron como bloqueando el paso. Al acercarnos más, uno de los más grandes, ¿el jefe, quizás?, se adelantó a los demás y empezó a rugir, mostrándonos los colmillos.
Ahí fue cuando cundió el pánico. Alguien comenzó a llorar y yo intenté acercarme al borde del sendero donde descansaba un buen palo, pero uno de los primeros perros se interpuso en mi camino. Bastó cruzar una mirada con él para saber que no iba a permitirme hacerlo.
Sólo teníamos el lateral a nuestra derecha libre, de modo que retrocedimos instintivamente hacia allí, buscando algún tipo de protección. Despacio, pero sin pausa, con miedo a correr, pero sin poder parar. Asustados y llorosos, así llegamos a una vieja masía que parecía abandonada. Golpeamos la primera puerta que encontramos y nos alegramos, infinitamente, al comprobar que se abría. No esperamos, entramos a pesar de la suciedad que se distinguía en la oscuridad reinante.
Mi problema fue que mi móvil cayó tras la puerta y no pude resistirme a salir a recogerlo.
Era nuevo, ¿saben? Y tengo un contrato de dos años para pagarlo. Tenía que intentar recuperarlo.
Fue entonces, mientras salía y entornaba la puerta de entrada tras de mí, cuando vi la llama prender en un rincón y dibujar sobre ella el rostro extraño del hombre que habíamos encontrado al principio de nuestra excursión.

—Perros buenos, ¿eh? —decía con voz quebrada, susurrante—. Os han traído a mi casa y yo os invito a quedaros…

Vi la luz moverse y un destello metálico, luego la oscuridad. Me quedé paralizado. Escuché los gritos, las carreras, los golpes, noté una humedad cálida salpicar mis brazos, mi cara y el sabor salado, a hierro, en mis labios. Eso me despertó.
Salí corriendo a través de los perros que aguardaban fuera, inmóviles, como esperando una nueva directriz, y no volví la vista atrás. Eso sí, los alaridos de terror me acompañaron durante todo el camino de regreso…
Deben creerme, agentes, yo no pude matarles. No pude hacerlo. Eran mis amigos. Yo no pude llevar a cabo esa masacre. No fui yo. ¡¡¡¡NO FUI YO!!!!

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
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