La expedición

La curiosidad era más fuerte que Irina. Le miró con picardía y, sin poder aguantar más, le preguntó:
—¿Me lo vas a decir ya o no?
—¿Qué quieres que te diga? —le respondió Mark con aires de seductor.
—Oh, vamos… Me has traído a cenar al mejor restaurante de la ciudad, esto nos va a costar un pico y no es nuestro aniversario de novios, ni el de bodas ni siquiera el de conocernos. No es mi cumpleaños ni el tuyo. ¿Qué estamos celebrando, dime? ¿Qué por fin tienes un fin de semana libre?
—¿Hoy no es San Valentín? —bromeó él, haciéndose el sorprendido.
—No seas bobo… —le respondió ella mimosa, pero luego dudó y decidió aclarárselo porque sabía que él, el hombre de su vida, era como un sabio loco que prestaba poca atención al mundo material y, mucho menos, a los asuntos amorosos—. No, hoy no es San Valentín. Esa festividad es en febrero.

Mark comenzó a reír a carcajadas ante la cara dubitativa de ella. Una risa excesiva, nerviosa que hizo que Irina comenzara a inquietarse.

La velada había sido maravillosa. Hacía tanto que no salían así, los dos solos, con luces tenues y música de fondo, con tranquilidad e intimidad, que se sintieron jóvenes de nuevo y hablaron de sus primeros tiempos juntos, reviviéndolos. Recordaron cómo se conocieron en aquella beca de formación para tripulante espacial, nombraron a los compañeros que seguían siendo amigos hoy en día y se quejaron nuevamente, como si lo sufrieran hoy, de la fuerte exigencia de aquel programa al que solo accedían unos cuantos elegidos.

Agotadas las añoranzas, habían comentado los temas pendientes de la casa, las reparaciones, compras y demás necesidades cotidianas, pero ninguna pista sobre lo que les había llevado hasta allí esa noche. Solo un “no hagas planes, cariño, que hoy salimos a cenar”.

De modo que ahora estaban en el local de moda de San Francisco ese mes, en una mesa con velas en forma de estrella, manteles de lino y vajilla étnica, sorbiendo en pequeños tragos uno de los vinos californianos más caros de la carta.

El rostro de Irina mostró su preocupación y Mark pareció entender que había llegado el momento de hablar. Solo dijo cuatro palabras, pero bastaron para poner patas arriba el mundo de Irina:
—Se ha hecho realidad.

Ella deseaba otra cosa: que él lo supiera, que de algún modo estuviera al corriente…
Lamentablemente, no era así y ahora solo le quedaba esperar que aquellas cuatro palabras no fueran del todo ciertas.
—¿Qué quieres decir con que se ha hecho realidad? ¿Cómo? ¿Cuándo? Y sobre todo, ¿quién?
Él volvió a reír con ganas, pero esta vez controló su ímpetu.
—Llevan meses de negociaciones secretas, por eso he pasado tantas horas en el trabajo. Las urgencias los fines de semana, las noches en vela preparando la documentación necesaria… Estaba todo a punto y esta mañana, al fin, han firmado el acuerdo. Somos los de siempre más esa nueva compañía china de ójiles. La que ha desarrollado las nanopantallas corneales más finas del mercado. Se llama YanXian. ¿Sabes cuál te digo? —Irina asintió levemente, apenas un suspiro—. Está dispuesta a invertir y ese es justo el empujón que necesitábamos. ¡Lo hemos logrado, cariño! Tanto esfuerzo tiene su recompensa.

Irina se ha quedado prendida de una de sus frases.
—¿”Somos los de siempre”? ¿Qué quieres decir con ese “somos”? ¿Has aceptado ya el puesto?
Mark pareció sobresaltado, como pillado en falta.
—No, claro que no. No sin hablarlo antes contigo, por supuesto, pero es todo un honor que me hayan ofrecido pilotar esa nave. Es lo más grande que me ha pasado nunca, ¿no te parece? Porque es mi sueño, tú lo sabes bien. ¡Viajar a Kepler! Desde niño no he deseado otra cosa. Y hay tanta competencia, tantos buenos pilotos deseando hacer ese viaje… Me siento muy afortunado por haber sido seleccionado.

Toma a Irina de las manos y las acaricia, las aprisiona, las estruja. Le brillan los ojos, está realmente emocionado.
Irina fuerza una sonrisa complaciente, intenta estar a la altura de su alegría, pero le cuesta mucho, se le ha hecho un nudo en la garganta. De nuevo, él parece notarlo.

—Y mi mayor fortuna es que tú estás en esta aventura conmigo. Tu nombre salía a relucir en cada reunión, así que te van a hacer una oferta. No son bobos, quieren tener a bordo a la mejor ingeniera biotecnológica del país. Qué digo del país, ¡del mundo entero!

Alza los brazos y levanta la vista como si clamase al cielo. Irina sonríe fugazmente ante sus payasadas, aunque esta vez con sinceridad. El lado bueno de todo esto es que él está tremendamente feliz. Más feliz de lo que le ha visto nunca. A ella le gusta verle así.
Solo que también hay un lado malo.
—Pensaba que después de ocho años esperando en vano esta oportunidad ya nos habíamos conformado, que ya no deseábamos irnos y abandonar este planeta para siempre. Ambos sabemos que salir del Sistema Solar es un viaje solo de ida.

Mark abre los ojos asustado y niega con la cabeza imperceptiblemente.
—Ya, bueno, un poco acomodados sí estamos, pero tú también estabas deseando vivir esta aventura, ¿no? Era nuestro plan, siempre ha sido nuestro plan. Lo único que te ocurre es que todo te ha pillado por sorpresa. Cuando te hagas a la idea, volverás a ilusionarte, ya verás.

Irina aprieta los labios, intenta sonreír y, como no puede, pega un sorbo a su vaso de agua para evadir la mirada preocupada de su marido.
—¿Qué pasa? Dime, no te lo calles –le ruega él.
Ella toma aire. Sabe que no tiene otra opción e intenta explicar sus reticencias.
—Ya sabes que últimamente habíamos hablado de otra clase de futuro juntos. Un futuro que resulta imposible en Kepler.

Mark abre los ojos y asiente para sí, como si, de golpe, entendiera todo el malestar de Irina. Se lanza a intentar convencerla con toda la pasión que siente por el proyecto.

—Es verdad que en otras atmósferas, de momento, es imposible tener hijos, pero nuestros hijos serán las plantas que cosechemos, las bacterias que encontremos, la humanidad que salvemos gracias a nuestros descubrimientos… La Tierra se está muriendo, no nos queda mucho tiempo. Nuestra descendencia será mucho más grande, será inmensa en Kepler. Solo tenemos que prepararnos durante los próximos seis meses para comenzar nuestra aventura…
—¿Seis meses?
Irina no puede evitar alzar las cejas incrédula, pero eso ya no lo advierte Mark, que confirma la noticia con una gran sonrisa.
—Está todo prácticamente listo y debemos aprovechar la ventana de cercanía al planeta para ahorrarnos unos años de viaje. ¿No es increíble?

Sonríe, brilla, flota de energía positiva en su silla. Está realmente dichoso.

Irina le observa detenidamente y deja caer las comisuras de sus labios en una mueca de tristeza. Se endereza en su silla y traga saliva. Se concentra antes de hablar porque ella no esperaba esto. Nunca imaginó que esta preciosa noche terminaría de este modo, que sus sueños y su amor acabarían así.

—Mark, nunca, por nada del mundo, desearía causarte dolor alguno, pero… —carraspeó, se llevó las manos a la boca, unidas, como si rezara una oración, tomó aire y continuó:— no puedo acompañarte en ese viaje.

Ve como su marido tiembla de arriba abajo como recorrido por un inmenso escalofrío.

—¿Por qué dices eso? ¿Por qué no quieres venir? Yo… Esto es un proyecto juntos, es nuestro sueño. Yo… no lo entiendo.

—Mark, lo siento mucho, muchísimo, pero ha aparecido otra persona en mi vida.

A Irina le duele en el alma ser testigo de cómo el hombre que tanto ha amado pone cara de espanto y se hunde en su asiento, cómo baja los ojos y recorre con ellos la superficie del mantel bordado. Parece reflexionar, calcular, contar las horas que no ha pasado junto a ella, los fines de semana que no ha estado en su hogar, las noches que no ha compartido su cama.
Debe de pensar que, sin duda, esos son los huecos que ha dejado para que otro pueda entrar.

Vencido, solo es capaz de preguntar:
—Y, ¿es algo serio?

Irina toma aire, cierra los puños bajo la mesa, se obliga a enfrentar sus ojos y suelta el aire retenido con un bufido. Sonríe con pesar.

—Muy en serio. Está por encima de todo lo demás.

Mark alza la mano abierta rogándole que no continúe y baja la vista al suelo, negándose a saber más detalles. Agita la cabeza afirmando, concentrado, aceptándolo sin luchar. Se diría que es algo que temía que pudiese pasar.

Irina no se permite pararse a pensar. Toma su chaqueta térmica, su mochila y sin añadir nada más, se levanta de la mesa dispuesta a abandonar el local dejando a su marido atrás.
La detiene él, en el último momento, tomando con delicadeza su mano entre las suyas.

—Lamento mucho no haberte hecho feliz, Irina, y siento que las cosas no hayan salido cómo planeábamos. En seis meses me iré para siempre y nunca volveremos a vernos. Necesito que sepas que has sido y serás el amor de mi vida.

Irina libera su mano para acariciar su mejilla y acerca su rostro para darle un último beso, apenas una caricia, en los labios.

Adiós, Mark. Es mejor que no volvamos a vernos. Enviaré tus cosas a la estación espacial. Espero que tu sueño sea tan hermoso como lo imaginas y te haga muy feliz.

Se vuelve hacia la salida sin esperar respuesta. Camina con paso firme, pero lento, muy lento, y es que no desea alejarse. Todo su cuerpo lucha por no alejarse. Nota el corazón latiéndole en las sienes, pero también algo más pequeño, diminuto, que se remueve en su interior y la obliga a seguir caminando.

Desde la puerta, no puede evitar echar un último vistazo a Mark, su Mark. Está inmóvil en su silla, con los hombros hundidos y su copa de vino entre las manos, observándola. Es la viva imagen de un hombre derrotado hasta que cruzan sus miradas. Entonces se endereza, se estira, crece y dibuja con la mano un adiós, con una sonrisa de despedida en los labios.

Ella le devuelve otra sonrisa triste y posando las manos sobre su vientre de catorce semanas, piensa para sí: “Mira, cariño mío, este es tu papá. Es un héroe porque dio su vida por la humanidad. Cuando despierte de su hibernación, probablemente tú ya habrás fallecido, pero quizás llegue a conocer a tus nietos. No te preocupes, se lo contaremos todo. Le explicaremos que su sueño era tan importante que quedarse aquí le habría roto el corazón.
Aunque se le romperá igualmente, cuando sepa que te ha perdido”.

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Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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