La noche de Halloween

La familia cantaba a gritos.

—Bajad la voz, bajad la voz, así no hay quien se concentre…

Suplicaba el padre entre risas. Lo cierto es que era necesario tener los sentidos alerta para  conducir por esa carretera de Mexico, llena de curvas, que serpenteaba al filo del boscoso acantilado que se abría, a su derecha, como boca de lobo. A la izquierda, la dura roca gris parecía reflejar los faros del coche igual que un espejo sucio.

Llevaban la luna como guía. Ante ellos, les iluminaba el camino que se ponía a la vista tras cada giro, cada árbol, cada piedra esquivada. Porque ese era otro motivo de preocupación: las fuertes lluvias habían provocado desprendimientos en la montaña y la calzada aparecía surcada de piedras de menor y mayor tamaño.

La madre siguió el consejo del padre y los niños, poco a poco, al sentirse abandonados, fueron bajando la voz y entonando mejor lo que cantaban.

—¿Ahora cuál? —Preguntó el pequeño.

—La del Submarino amarillo —respondió el mayor, que no esperó la aprobación de su hermano para lanzarse a tararear las primeras notas.

Fue en la siguiente curva cuando vieron el accidente. El padre pasó por delante reduciendo la velocidad para acabar aparcando en el arcén, justo al borde de los árboles que delimitaban el precipicio. Bajó y se acercó desoyendo las voces de advertencia de su familia.

—No puedes dejar de ayudar a un accidentado —les explicó con vehemencia—. Se llama omisión de socorro y es ilegal además de no ser de personas cristianas.

Había otro motivo por el que deseaba acercarse al lugar de la catástrofe. El vehículo que había chocado contra el gran tronco que emergía, como un enorme barco varado, en la cara externa de la curva, era algo fuera de lo normal.

Era muy alto, con grandes ruedas, una de ellas sujeta en el portón posterior. El color, casi plateado, también le impresionó. Era como un jeep del ejército revestido de nave espacial.

Se acercó con aprensión recordando las escenas de las películas en las que el vehículo estalla a los pocos segundos de haber colisionado. No entendía la química de la explosión, por lo que no sabía si eso podía pasar allí. Decidió correr el riesgo, aunque, por si acaso, aceleró el paso.

Observó que la parte delantera había quedado empotrada en el árbol. El conductor, un hombre de complexión fuerte, mostraba heridas contundentes en el cráneo y la parte izquierda de la cara que quedaba visible ante él. Estaba apoyado sobre un plástico blanco que cubría el volante y todo a su alrededor aparecía cubierto de polvo.

El padre metió la mano por la ventanilla rota y palpó el cuello del hombre rezando por encontrar pulso. No fue así.

—¿Está bien?

El padre se sobresaltó ante la voz desconocida que escuchó a su espalda y retrocedió varios pasos antes de girarse a comprobar de quién provenía.

—Mi marido. ¿Está bien?

Lo preguntaba calmada, sin el supuesto estrés que debería conllevar una escena así. El padre solo pudo asentir con la cabeza. Pensó que sería mejor que las malas noticias las diese un médico o la policía cuando acudiesen a atender el accidente. Mientras tanto era preferible mantener la calma.

—Vaya. Pensé que se quedaría aquí, conmigo.

El padre tenía una sensación extraña ante esa mujer. No podía explicarlo, pero había en ella algo inconcreto que la hacía diferente. Su frase le dejó más perplejo todavía.

—¿Cómo dice?

—Usted es el de la curva con el cervatillo, ¿verdad?

Mil imágenes comenzaron entonces a pasar por la mente del padre. Su mujer, el nacimiento de sus hijos, su viaje de novios, su ceremonia de graduación, de nuevo su mujer, el día de su boda, los pequeños en el parque de atracciones…

—Se habla mucho de ustedes por aquí. Mira que acabar con toda su familia para no matar un bicho…

Su recuerdos se detuvieron en una única y nítida imagen: la de un ciervo menudo, con apenas unos cuernos recién estrenados, parado en mitad de la carretera con los ojos redondos y grandes, enormes, abiertos por la sorpresa. Luego, como en fragmentos, llegó su decisión de abrirse hacia la derecha para no chocar, su mujer que echó mano al volante, el forcejeo que hubo entre los dos para controlar el vehículo que iba a demasiada velocidad porque llegaban tarde a la cena familiar, los gritos de los niños y, luego, el salto por el aire que acabó en la nada más absoluta…

Sus rodillas temblaron, no le sostenían ya. Se dejó caer hasta sentarse en el suelo, se llevó las manos a la cabeza y lloró.

—Cariño, cariño.

Alguien le acarició el cabello, supo que era su esposa.

—Cariño, hace más de veinte años…

—Lo sé, lo sé. Es que de un año para otro se me olvida —le replicó entre sollozos.

Pero se serenó, respiró hondo y se puso en pié.

—No pasa nada, cariño. Estamos juntos y estamos bien, y así será por siempre —le dijo su mujer sonriéndole mientras le rodeaba la cintura con el brazo.

—¿Candela? ¿Eres tú, Candela?

Todos se volvieron hacia el hombre fornido que les hablaba desde la puerta del coche. Su cuerpo muerto permanecía en su lugar, en su asiento, mientras él sonreía a la que había sido su esposa.

Ella corrió a su encuentro y se fundieron en un tierno abrazo.

—Llevo cinco años recorriendo está carretera la noche de Halloween, porque estaba seguro de que aquí te volvería a ver. Necesitaba pedirte perdón, no debía haber bebido tanto…

Ella le besó tiernamente para acallar sus disculpas.

—Déjalo, cielo. Ya está. Ya se acabó todo.

 

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