La pala

El pequeño salió tras su padre. A veces lo hacía, se escapaba.

El hombre había cruzado, mirando a ambos lados, la calzada que separaba su bonita casa de piedra de la huerta que cuidaba con primor.

La pala al hombro y la camisa arremangada. Hacía calor.

No fue necesario que se girara. Escuchó el odioso zumbido e imaginó la escena: el rugido del vehículo, a su espalda, pasando a toda velocidad por la curva ante su puerta y la maldición en su propia voz. Ese taco que surgía de su boca con cada sinvergüenza que no cumplía con el límite de velocidad perfectamente señalado a la entrada del pueblo.

Pero no fue eso lo que ocurrió.

Hubo un ruido seco, de impacto, pero blando a la vez. Como el pisar de uno de los enormes higos de la vieja higuera.

De nuevo el pequeño había salido tras él y él lo intuyó. Lo supo con certeza cuando el motorista apagó el motor y gritó, lloró tal vez, con espanto.

Fue entonces cuando el padre se dió la vuelta y echó a caminar de forma pausada a su encuentro. Era ridículamente joven, poco más de veinte años. Los peores, pensó. Los más atrevidos. Los que más se la jugaban.

El chaval saltaba y daba patadas sobre la tierra en la que se iba formando un charco viscoso de color rojizo. Lanzó el casco al suelo con furia y se arrodilló junto al pequeño cuerpo dando alaridos de animal herido.

El niño, inmóvil, todavía parecía observar a su padre, buscarlo con la mirada, pero sus ojos ya no brillaban y sus labios no sonreían. Ya no hablaba con su cháchara imparable y nunca más lo haría.

El padre leyó el dolor en los gestos del joven. Comprendió su pena, sintió su enorme culpa. Sabía que había sido un accidente. El motorista, el culpable, levantó la vista hacia él y pareció asustarse al comprender su parentesco. Le imploró perdón con la mirada y el padre, que lo había entendido todo, afirmó con la cabeza. El joven inhaló con fuerza, pareció resignarse. Ya no se podía hacer nada.

Fue entonces cuando el padre levantó la pala y la dejó caer con pesadez sobre él.

Repitió el gesto hasta que la sangre de ambos cuerpos se fundió sobre la seca tierra que pareció absorberlo todo…

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Copyright © 2017 Teresa Guirado.
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