La pelea

—Se razonable. Así sólo les haces daño a ellos…—me dice.

—¡Y un cuerno razonable! El día 6 han de estar conmigo… ¡Y PUNTO!

La indignación me sube por la garganta y noto que me ahogo. El desgraciado éste siempre con sus rollos, estoy hasta los mismísimos. Me doy la vuelta para no verle.

—Escúchame —me coge del codo para colocarme de nuevo ante él pero yo me resisto y con un golpe de hombro me libero de su mano. Es entonces cuando me toma de ambos brazos y se pega a mi espalda para hablarme muy cerca, casi al oído. Noto el calor de su aliento en mi cuello, su pecho en mis omoplatos, su nariz en mi oreja y mi cuerpo reacciona como las nubes a la baja presión: un huracán me recorre de arriba a, sobre todo, abajo—. Vamos a hablarlo con calma.

Me cabreo conmigo misma pero no puedo evitarlo. Estoy a cien y mi cuello se inclina hacia él contra mi voluntad. Él lo nota y se pega todavía más. Su entrepierna entre mis nalgas anuncia su alegría y yo pierdo el control y me giro con la boca abierta. Nos besamos en ese gesto retorcido hasta que se pone frente a mí sin liberar nuestros labios.

Me saca rápidamente el suéter por la cabeza mientras yo le desabrocho los pantalones. Mi falda vuela sin que yo haga nada por evitarlo y mis bragas caen tras ella. Él ya está desnudo y me empuja hacia el sofá. Antes de darme cuenta está hundido entre mis piernas, lamiendo mis muslos y mi vulva, mientras yo gimo como una loca.

Cuando terminan mis sacudidas le recorro yo a él. Ese cuerpo tantas veces visitado. Ese pecho firme, ese vientre suave, esa polla dura que me encantaba acariciar. Lo hacemos cara a cara en el sofá y terminamos conmigo aplastada sobre la mesa y el embistiéndome por detrás como en los mejores tiempos. Como cuando acabábamos de conocernos. Como cuando compramos ese comedor y todo iba salir bien. Como cuando decidimos tener un hijo y luego la parejita. Como cuando empezamos a pelear y todo se arreglaba con un buen polvo.

Termino sentada en una silla, desnuda, con la entrepierna mojada y la respiración agitada observando como él recupera su ropa y se viste deprisa, culpable.
Y esa culpabilidad me revienta.

—Supongo que ésta es mi venganza —le suelto sin pensar.  Me arrepiento de inmediato.

Su mirada de odio me aplasta contra el suelo.

—No es necesaria ninguna venganza. Ella llegó cuando entre tú y yo ya no quedaba nada. Lo hemos hablado mil veces.

—Lo has hablado tú. Yo sólo asentía sin nada que opinar al respecto.

Ahora me mira con pena y no sé qué es peor. Levanto la barbilla y le jodo un poco:

—Esto no significa que puedas quedarte a los niños el día de Reyes. Tendréis que volver antes de esquiar, lo siento.

—Está bien, si eso es lo que quieres… —me dice concentrado en abotonarse el abrigo pero yo sé que está tomando impulso. Levanta la vista con dureza hacia mí y me sonrojo al saberme desnuda ante él—. Pero serás tú quien se lo explique a ellos. Y diles la verdad esta vez, por favor.

Recoge su maletín muy digno y sale por la puerta de casa sin alzar la voz, sin ni tan  siquiera dar un portazo.

Mi corazón sigue latiendo alborotado pero esta vez no es excitación lo que siente, es pena. Una pena enorme. Supongo que, a pesar de lo que cree, sí quedaba algo en mí cuando él se fue con la otra.
Y ese pensamiento me hace echarme a llorar desconsolada…

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Copyright © 2016 Teresa Guirado.
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