La peli porno

Ella se arrodilló ante él, se agarró a sus glúteos y le besó los muslos. Luego recorrió el camino hasta su pubis entre mordisquitos y lametones. Cuando lo alcanzó, acercó los labios al pene erecto y depositó un beso sobre la piel tensa con mucha delicadeza.
Él suspiró de placer, pero la empujó suavemente para alejarla de su cuerpo.
—No, no, no, así no —la regañó.
Ella le miró confundida.
—¿Cómo que así no? ¿Qué quieres decir?
—No puedes ser tan cariñosa. Tanta dulzura, tanto beso… no.
—Pero así es como te gusta.
—Ya, ya, pero esto es ficción. Estamos rodando una peli porno. Tiene que ser todo más salvaje, amor. Más bestial.
—¿Y eso quién lo dice?
Ahora, el confundido era él.
—Pues… no sé, todo el mundo –le respondió inseguro—. Yo he visto el documental del Rocco ese, el italiano del pollón, y sé de lo que hablo. ¿Cuántas pelis porno has visto tú? ¿Eh?
Ella frunció el morro y negó con la cabeza.
—Uf, no sé, pocas y de eso hace mucho tiempo. Me aburren, cariño. No tienen argumento.
—¿Argumento? —Se pasó la mano por el cabello sorteando la máscara de Joker que le tapaba la cara. Su erección comenzó a perder fuelle—. Mira, en el porno es más un “aquí te pillo, aquí te mato”, corazón. Lo que haces está bien, pero tienes que ser más brusca, como si no sintieras nada por mí ni yo por ti.
—¿Y eso por qué? Si vas a hacer el amor con alguien, lo mínimo que puedes pedir es que te trate con respeto y cuidado, ¿no?
—Es que no vamos a hacer el amor, cari, vamos a pegar un polvo. ¿Entiendes?
Ella se rascó bajo el pliegue del seno izquierdo mientras meditaba sus palabras.
—Lo cierto es que no.
Él resopló con disimulo.
—Bien, lo hacemos con cuidado, pero no tanto, ¿sí? Debe ser algo más pasional, más como si no pudieras aguantar las ganas de comérmela. ¿Vale?
Ella asintió, notando como sus rodillas comenzaban a lamentar la dureza del suelo.
—De acuerdo, pero ¿podemos cambiar la escena? Esto es muy incómodo. ¿Por qué no seguimos en la cama que es lo que nos gusta?
—Cariño, en la cama lo hace todo el mundo. Hay que innovar. Aguanta un poco, vaaaa —le rogó, mientras manoseaba su pene para recuperar la erección malograda.
Ella alzó los ojos al cielo y negó levemente con la cabeza, en señal de conformismo a desgana. Carraspeó, se levantó y repitió la secuencia que acababa de interpretar: acercarse a él, arrodillarse a sus pies, agarrar sus glúteos con ambas manos, pero, esta vez, hundió la cabeza en su vello púbico sin más preámbulo. Él gimió con excesivo ardor, apoyó las manos en la cintura con los brazos en jarras y comenzó a balancear la pelvis adelante y atrás. Su pene bailaba al compás de sus caderas, al tiempo que ella intentaba, sin éxito, capturarlo con los labios.
Cuando lo logró, el balanceo de él era tan fingido, tan ajeno a la situación, que siguió empujando contra el cielo de su boca y a ella le sobrevino una arcada. Se separó incómoda, poniendo mala cara.
—Pero, ¿en qué estás pensando? ¿Desde cuándo hacemos estos bailecitos idiotas? Me has hecho daño, ¿sabes?
—Ay, perdón, perdón, ha sido sin querer. —Le puso la mano en la cabeza para volver a acercársela a él—. Venga, sigamos que está quedando guay.
—¿Guay? —Repitió ella alzando las cejas.
Bufó y agarró su verga con rabia para metérsela en la boca como si se tratase de un polo. Él temió por su integridad física durante un segundo, pero luego resolvió que así la película iba a quedar mejor y volvió a su postura en jarras con ilusión. Se balanceaba y, de cuando en cuando, le ponía la mano sobre la nuca y le apretaba la cara contra su pubis. No sentía un placer especial, pero estaban filmando justo lo que él había imaginado, de modo que se puso contento y se animó a soltar exabruptos. Los más suaves para empezar:
—Venga, mami, cómemela enterita.
Ella alzo los ojos curiosa, sin dejar de succionar, y él se vino arriba.
—Vamos, guarra, dale fuerte, sé que te gusta, te la voy a meter hasta el fondo so put…
Notó un mordisco. Breve, no demasiado intenso, contenido, pero un mordisco. Y le dolió.
—¿Qué diablos haces? —gritó, apartándola de su miembro herido.
Ella le miró desde el suelo.
—Tú me insultas y yo me defiendo. ¿Qué te has pensado?
—Pero, pero… pero eso mola. Os pone cachondas, ¿no?
—¿Que mola? Pues no, ni mola ni me pone cachonda. Me pone furiosa y me da asquito.
—Oh, vamos, en el porno lo que se lleva es que yo te diga cosas desagradables y tú gimas en plan: “sigue, sigue”, y yo entonces te agarro así y…
La tomó por el cabello y tiró de él con brusquedad. La cabeza de ella se fue detrás, perdiendo el equilibrio. Gritó por la sorpresa y él se asustó y abrió la mano liberándola.
Cayó de culo en el suelo, desnuda y humillada.
—Pero, ¿de qué vas, cerdo? —le recriminó indignada.
—Oye, no… no te enfades, solo era un ejemplo —se excusó alzando las manos como si se rindiera.
Estaba asombrado. La escena no había resultado tal como él había visto, cientos de veces, en esas secuencias, que compartía cada día, con sus amigos en el móvil. Mujeres deseantes, extasiadas, con la boca muy abierta y gesto complaciente o resignado o culpable ante hombres que las pellizcaban, les pegaban cachetadas, las insultaban y las penetraban por todos los orificios de su cuerpo. Mujeres que parecían disfrutar de todo ello.
La mujer que tenía delante, sin embargo, se tocaba el cráneo dolorida, arrugando la frente y le miraba con odio.
—¿Un ejemplo de qué, so bobo? ¿De cómo bajarme la libido? Lo dejo, abandono esta idea estúpida.
Se levantó, caminó hasta el trípode donde el móvil había grabado todo lo ocurrido y lo apagó. Solo entonces se quitó el antifaz con orejas de gata que cubría la parte superior de su rostro. Él la imitó, dejando al descubierto su semblante apesadumbrado.
—¿De veras que hacerlo así no te gusta? —insistió con timidez.
—¿Gustarme? Yo pensaba que esto iba a ser sexy. Grabarnos y vernos después, resultaba excitante, morboso. Pero esto que quieres hacer es un asco. Esto no es hacer el amor. Es humillante, es… es… es agresión.
Él se dejó caer sentado sobre la cama. Miraba al suelo, triste, meditativo.
—¿Crees que soy una mala persona? —le preguntó con pesar.
Ella sintió que su enfado se deshacía. Se acercó a él, se sentó a su lado y le rodeó con sus brazos.
—Claro que no. Lo que creo es que te has dejado llevar por lo que has visto en esas películas, sin pensar en las consecuencias. A nadie le gusta que le maltraten y, mucho menos, cuando está desnudo y expuesto y espera pasárselo bien… Imagínatelo al revés. ¿Te gustaría que yo te insultase y te tirase del cabello? ¿Eso te excitaría?
Él negó con la cabeza. Esta vez era vergüenza lo que mostraba su rostro.
—Perdóname, amor, perdóname. Yo no quería hacerte daño, yo no… —musitó.
Shhh
Le puso un dedo sobre los labios para obligarle a guardar silencio. Luego le besó una y otra vez y acabaron haciendo el amor tan ricamente y con tanto placer que, lo único que lamentaron después, fue no haberlo grabado.

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