La playa

Admiró la inmensidad del mar y se decidió. Se adentró en la playa, sintiendo como sus pies se hundían en la arena fría, oscura, mientras los cangrejos azules escapaban asustados a su paso. Ignoró los diminutos restos de conchas, las semillas y las ramas erosionadas por el oleaje, las algas secas y crujientes que dejaba tras sus huellas.

Caminó hasta que alcanzó la orilla, hasta que notó el suelo más firme y el agua comenzó a lamer su piel. Las olas dibujaban tranquilos círculos de espuma para, en un instante, alborotarse como niñas traviesas y mojarle los tobillos, salpicarle las rodillas y humedecer los bajos de su ligero vestido de flores anaranjadas.

Respiró el aire denso, cargado de agua y sal, de selva, putrefacción y viento, y abrió los brazos para recibirlo con ganas. Llenó sus pulmones y aguantó y aguantó hasta que las manos extendidas de dedos abiertos comenzaron a hormiguearle. Solo entonces se permitió expulsar el gas viciado de su cuerpo y respirar de nuevo.

Le lloraban los ojos por el salitre y los cerró. En su oscuridad pudo escuchar con nitidez esas olas que rompían a sus pies. Contó los segundos entre cada explosión, intentando encontrar la cadencia, el ritmo, la música del agua, pero no lo consiguió. La naturaleza le resultaba impredecible, casi tanto, como le había resultado el amor.
Amor…
Se dejó mecer por esa palabra enorme, gigante, que tantos sueños e ilusiones movía en el mundo, que tantos dolores causaba. Pero a ella no, ella era afortunada. Ella lo había encontrado.

Había sentido su fuerza, su pasión, su miedo. La necesidad imperiosa de darle rienda a esos sentimientos salvajes e inesperados porque ¿cómo iba ella a imaginiar que el amor estaba allí, en ese chico enclenque y algo desgarbado que la miraba con fijeza desde el otro extremo de la barra del bar?
Pero él se había acercado y había clavado en ella sus ojos verdes como el jade.
¿Bailas? Solo eso. Le había preguntado, ¿bailas?, y nada más.
Ella aceptó y salió de su mano a la pista, asombrada por las sensaciones que le transmitía su tacto áspero, los dedos fuertes, la delgadez de sus huesos; dejándose atrapar por el calor que expelía su palma y que la envolvió por completo tras el primer abrazo.

Bailaron juntos el resto de la noche y, ya de madrugada, siguieron bailando en la selva, escondidos, arropados por una vieja manta olorosa a turba y a vapores de descomposición, bajo el embrujo de una luna llena que les permitió descubrirse, verse cuerpo a cuerpo, desearse con mas fuerza si cabe. Hicieron al amor hasta bien entrada la mañana, cuando él se separó asustado, como si despertase de un hechizo. Debo irme, le insistió, debo irme. Ella asintió, sabedora de que su amor no se quebraría por distancias ni ausencias.

Él la besó mientras se vestían el uno al otro, le acarició la cara, el cabello, le cerró los párpados y depositó una despedida en cada uno de ellos. Esta noche nos vemos, le aseguró. Esta noche. ¿Dónde?, le había preguntado ella. Aquí, en la playa.

Y allí estaba, esperándole. Suspirando por sus besos.

Sonrió, bajó los brazos y se recompuso el vestido. Alisó la falda y enderezó los tirantes. Se atusó un poco el cabello encrespado por el viento y la humedad, se pellizcó las mejillas para darles color y caminó hasta el enorme tronco desnudo que había depositado el agua en la orilla días atrás. Trepó sobre su lomo plateado y se sentó de cara al mar.

Un guacamayo verde surcó el cielo sobre su cabeza. A su espalda, los monos aulladores se avisaron de un peligro, alterando a la selva entera con sus gritos. Bajo el agua, una manta raya flotó frente a sus ojos durante unos segundos, meciéndose con suavidad, antes de sumergirse en las profundidades abrazada a una ola…

El cambio en la luz la hizo despertar de su ensoñamiento. El sol se recogía ya tras las montañas bañando de rojo las nubes, oscureciendo el paisaje. Frunció el ceño, miró a lo lejos. Los contornos se diluían, la playa se iba borrando en el horizonte. Un ligero pellizco de rabia, de dolor, de incomprensión le atravesó el vientre.
Tuvo que aceptar que él no vendría. Hoy tampoco vendría.

Pero no pasaba nada, si había podido esperarle durante diez años, podría aguardar su reencuentro un día más…

La playa

Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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