Mi primera vez

Avancé rápido por el pasillo con el corazón en un puño. Me había arreglado y elegido ropa interior fina, elegante, que me aportara seguridad. Era mi primera vez y no podía ni quería imaginar lo que me iba a suceder, lo que iban a hacerme…

Me planté ante la puerta oscura, resignada, sintiendo el palpitar de mis latidos en los oídos. Dudé antes de llamar, aún estaba a tiempo de retroceder, de no seguir adelante con todo aquello. Desafortunadamente la vida a veces te pone zancadillas y has de hacer cosas que jamás soñaste hacer… Me armé de valor y golpeé con el puño cerrado, apretado con fuerza, demasiada quizás. La puerta cedió. Se abrió lo suficiente para sorprenderme con el sonido procedente de su interior.

Hasta que no di unos pasos y me sumergí en la guarida del lobo no distinguí que se trataba del concierto número 2 en sol menor de Vivaldi. “El verano” para los amigos. Y a toda castaña.

El volumen del violín me distrajo momentáneamente de lo tenebroso del lugar. Todo estaba sumido en penumbras sólo desveladas por una luz que resplandecía en un lateral.

Una figura se silueteaba frente a ella. Debía ser él. Él, el que me iba a hacer eso.

El pensamiento me encogió las tripas y deseé que al menos tuviera un físico agradable, pero no pude averiguarlo. Todavía no. Me daba la espalda y sin dignarse a girarse para mirarme, ni un “buenas tardes”, ni un “por favor”, me ordenó:

—Cierra la puerta y siéntate ahí.

Señaló con la mano la pared opuesta a la puerta y hacia allí me encaminé con pesar, como oveja al matadero. La tormenta de verano musical atronaba sobre nuestras cabezas con la oscuridad envolviéndome.

Me senté donde me había indicado, apuntándole con mis rodillas, sintiéndome más sola y desamparada que nunca. Al menos la sábana parecía limpia.

Esperé a que él decidiera dar comienzo a mi tortura. La negrura y el sonido lo invadían todo de una sensación onírica. Mejor así, decidí. No quería vivir esa experiencia. Prefería guardarla en mi memoria como si todo fuese fruto de un mal sueño.

Pasados unos temibles minutos de incertidumbre la silueta se levantó y se aproximó. Ganó forma y pude constatar que sí era agradable a la vista, incluso resultaba atractivo en esa media luz difusa que nos rodeaba. Ahora no sabía si eso facilitaba las cosas o las haría más incómodas pero no me dio tiempo para las dudas.

—Desnúdate de cintura para arriba… pero déjate el sujetador.

Qué rápido y qué poco tacto, pensé. Desde luego iba directo al grano. Agradecí mi elección de sostén de lujo.

—Separa las piernas.

Por lo visto no había tiempo que perder. Obedecí en todo fingiendo una valentía que en realidad no sentía. Sabía en qué posición estaba: él mandaba y yo obedecía. No había nada que objetar. No me molesta que me vea en sujetador, me dije para mí. No me importa que se cuele entre mis muslos, intenté convencerme.

Efectuó una serie de movimientos y gestos que no pude distinguir con claridad pero el resultado es que acabó con su instrumento en la mano derecha. Se aproximó lo suficiente para colocarlo sobre mi hombro. Estaba frío y húmedo, quizás impregnado de algún lubricante, y me erizó la piel.

La oscuridad, Vivaldi, él entre mis piernas, tan cercano a mí…, y sus manos maniobrando el aparato que deslizó suavemente por la superficie del hombro, del omóplato e incluso bajó un poco por la espalda.

Estuvo manipulándolo un rato sin soltar una palabra, en las tinieblas del habitáculo, con la música atronadora como único testigo de ese momento sin fin.
Tragué saliva temiendo lo que vendría a continuación…

Sin embargo me sorprendió. No me lo esperaba.

—No hay nada raro. Los ligamentos están bien. No tienes de qué preocuparte –soltó de golpe tras examinar la pantalla del ecógrafo con detenimiento.

Suspiré. Todos mis temores eran infundados. Me habían dicho que tendría que operarme, meses de reposo…

—Ya puedes vestirte. Vuelve a la sala de espera, ahora te llevarán los resultados.

Me tendió una servilleta de papel para limpiarme los restos de lo que quiera que hubiese usado en la exploración.

—Gracias —musité.

Allí se quedó, con su concierto y sus sombras, mientras yo recorría el pasillo en sentido inverso mucho más contenta y aliviada y, por qué no decirlo, con una ligera sensación de rubor…

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Copyright © 2016 Teresa Guirado.
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