Lamerse las heridas

Meto la mano en la bolsa de neopreno y noto algo, un escozor. La saco y veo brotar la sangre de mi dedo. Miro sorprendida en el interior para comprobar que la fiambrera de cristal está rota en mil pedazos.

Recompongo la imagen de primera hora de la mañana. La que da sentido a lo que tengo delante. Cuando he salido del coche y le he visto y las manos me han flojeado y, de todo lo que cargaba encima, un bulto se me ha escapado y ha caído al suelo.
No creí que se hubiese roto. La bolsa en que la transporto es gruesa, con interior reforzado para mantener la temperatura. Sólo he pensado en ese momento que agacharme a recogerla del suelo, doblar la espalda ante él, era otro modo de humillación más.

Podría haber sido lo suficientemente sensible como para cambiar su plaza de garaje. En el mismo parking si quiere, vale, lo acepto, pero continuar teniéndola enfrente como cuando aún vivíamos juntos es pura crueldad.
Y eso que vigilo la hora, como el más puntual de los sargentos, y conozco su horario, como la mejor de las secretarias. Lo de hoy ha sido sorpresa y me ha dejado, de nuevo, con regusto amargo y dolor de tripa.
Después de tres años no debería ser así. Hay tantas que cosas que no deberían ser….
Desde luego, yo no debería haberle puesto los cuernos.

Acostarme con el capullo ese del trabajo no me aportó nada. Ni siquiera fue un buen polvo.
Por descontado que, ante todo, no debería habérselo dicho. Absurda culpabilidad. Él felicitándome en nuestro aniversario y yo, imbécil de mí, echándome a llorar y pidiéndole perdón por mi estúpido error. Estúpido e inocuo porque, si de algo me sirvió esa experiencia, fue para darme cuenta de lo mucho que le quería a él.
A él.

Por eso me sentí en el deber de narrarle los detalles, de decirle las pequeñas cosas que había echado de menos y de lo mucho que le valoraba ahora que sabía que, eso del sexo, está en la cabeza y en el corazón.

Pero, ¿cómo podía saberlo si habíamos pasado toda la vida juntos, sólo él y yo? Necesitaba… ¿necesitabas?… Pues sí, necesitaba probar algo más. Comparar para poder decidir, para quedarme tranquila.

Y así me quedé: tranquila. Tranquila y sola cuando él se levantó con los ojos turbios de lágrimas contenidas y, agarrando su chaqueta, salió del restaurante con paso rápido y firme.
Mis carreras para contenerle, mis palabras para frenarle, no sirvieron de nada. Ni las llamadas a casa de sus padres, ni las visitas intempestivas a su trabajo. ni las súplicas ante sus amigos.

Me echó de su vida y se rehízo como quién mancha su viejo traje favorito y se compra uno nuevo de una firma cara: no quiere recordar cómo era antes, qué era lo que le hacía sentir bien. No duda de que lo actual es preferible a lo anterior.

Logró su ascenso soñado, conoció a una chica con mejor pinta que yo y se instaló en su piso, a sólo unos 300 metros de la antigua vivienda común que sigo habitando por necesidad.

Yo, en cambio, me he hundido en la desdicha. Si hasta pierdo la fuerza en las manos cuando le vuelvo a ver…
Miro la sangre roja de mi dedo y me lo llevo a la boca. Chupo y saboreo el metal y la sal de mis arterias.
Me lamo las heridas que yo misma me he causado.

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Copyright © 2016 Teresa Guirado.
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