Libre elección

El viejo coche se desliza por las calles dormidas. La radio emite bandas sonoras de los ochenta adornadas con el repicar de la fina lluvia en los cristales.
Nadie habla.
El padre conduce despacio porque ha bebido. El hijo permanece serio, absorto en sus pensamientos.
—Ey, oye, ¿en qué piensas que estás tan callado? —le pregunta el padre.
Está animado y se aburre.
—¿Qué? Oh, nada, en mis cosas —le contesta en tono taciturno.
—¿Tus cosas? ¿Y qué cosas son esas? Vamos cuéntame. ¿En alguna chica, quizás?
Ríe, pone ojos pícaros, intenta parecer un colega, aunque le triplica la edad.
Él hijo no responde a sus risas. Niega con la cabeza antes de hablar.
—Pues mira, sí, se trata de una chica. Estoy pensando en la abuela.
—¿En la abuela? ¿Y eso?
Ríe sorprendido. El hijo no. Sigue serio y con expresión dolida.
—Pues… pues que creo que no la hemos tratado bien. Me refiero a esta noche. No la habéis ayudado nada.
—¿Cómo dices? ¿En qué teníamos que ayudarla?
Aumenta la sorpresa del padre, pero ya no sonríe.
—Ni tú, ni el abuelo, ni los tíos os habéis levantado a cocinar con ella ni a fregar las sartenes…
—¿Cocinar con ella? ¿De qué hablas? Tu abuela se apaña muy bien en la cocina, no nos necesita.
—Eso no es cierto. He ido con ella y está mayor, le duelen las piernas, se quejaba. Y vosotros, mientras, sentados tan tranquilos hablando de política y de futbol.
—Pero ella disfruta con todo eso y sarna con gusto no pica, ¿sabes? Tú tranquilo.
—Tampoco es cierto eso. Disfruta de vernos, de estar con sus hijos y su nieto, pero no de servirnos como si fuese nuestra esclava.
La sorpresa ha dado paso al enfado.
—¿Qué tontería es esa de que es nuestra esclava? ¿Eh? ¡Que yo he sacado platos a la mesa!
—Un par de platos, papá… Eso no es suficiente. La abuela organiza, compra, guisa, pone la mesa, se levanta cuarenta veces, la quita, recoge la cocina después, barre las migas… El abuelo se ha jubilado, ¿cuándo se jubila ella?

Vamos a ver, que ella lo hace porque quiere. Nadie la obliga a hacer nada. ¿Tú la has oído quejarse?

El hijo respira antes de explicarse porque sabe que es complicado hacerse entender.
—Papá, ha sido educada para servir. Para servir a su marido, a sus hijos, a los ancianos de la familia, a los nietos… Ella cree que es su obligación y ni siquiera se lo plantea, pero no es verdad, no tiene por qué cuidarnos a todos. Nuestras reuniones podrían ser una puesta en común, preparar las cosas juntos, entre todos, colaborar y que ella no llevara toda la carga, que no llevara ninguna carga. La abuela estaría mas descansada, mejor de salud, más contenta y nosotros disfrutaríamos del trabajo en equipo, de compartir esos momentos que…
—Bueno, ya basta, ya basta. Esto que son, ¿ideas de esa nueva amiguita tuya, la feminista? Hay que tener cuidado con esas tonterías. Como te descuides, son las mujeres las que te convierten en un esclavo a ti. En un pelele. —Los puños aferran el volante con violencia, las aletas de la nariz palpitan enojadas, la expresión de su rostro se ensombrece—. Puede que pienses que soy un machista por no levantarme a quitar la mesa, pero en mi casa siempre ha sido así, desde pequeños. No es ser machista, es la costumbre en mi familia.
—Está bien, papá, olvídalo —concede el hijo que sabe que la conversación ha terminado.
La lluvia se endurece y se hace el vacío en el interior del vehículo. Los limpiaparabrisas chirrían monótonos en cada pasada. El padre sube el volumen de la radio.
Por la ventana, en las calles encharcadas, unas mujeres hacen equilibrios sobre sus tacones altos. Sus figuras, distorsionadas por las gruesas gotas sobre el cristal, se confunden con sus paraguas abiertos. La piel expuesta brilla húmeda bajo la luz de las farolas amarillas.
—Mira, mira las pilinguis, hijo. Ya tienen ganas de pasar ahí la noche, a la intemperie, con el tiempo que hace. Qué tías…
El hijo suspira.
—Pobrecillas… No creo que quieran estar en la calle, papá. Es solo que no les queda otro remedio.
—¿Qué no les queda otro remedio? Lo hacen por dinero, como cualquier otro trabajo. Un trabajo fácil, además.
—¿Te parece fácil lo que hacen? ¿En serio? ¿No crees que debe de darles asco? Puagh, yo me sentiría fatal tocando a gente que no me gusta.

Vamos a ver, que ellas lo hacen porque quieren. Nadie las obliga a hacer nada. ¿Tú las has oído quejarse?

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Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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