Nervios

Mierda, mierda, mierda. No sé cómo ha ocurrido esto. Semanas huyendo de él y ahora lo llevo sentado a mi lado. Miró rápidamente por el rabillo del ojo para confirmarlo. Sí, sigue ahí, y aun estando empapado continua pareciendo elegante y sobrehumano.

Intento mostrarme serena y confiada mientras el corazón me late tan fuerte que todo mi cuerpo parece convulsionar a su ritmo. Pum pum pum pum.

Respiro hondo y se me  ocurre la brillante idea de poner música para llenar el vacío que nos envuelve. Mejor llegar a un semáforo, decido. No me atrevo a hacer dos cosas a la vez con este nivel de estrés.

En el siguiente cruce que encontramos en rojo detengo suavemente el vehículo y me giro hacia él sin apartar la vista de la calzada.

—Perdona, voy a poner la carátula del radio casete —le digo controlando la modulación de mi cuerdas vocales. La última vez que he abierto la boca, en vez de mi voz, me ha parecido escuchar los gritos agudos de una rata asustada.

—Claro, claro —me responde sin entender demasiado por dónde van los tiros.

Me inclino un poquito, solo un poquito, hacia él y extiendo el brazo para abrir la guantera. Cuando bajo la puerta rozo con el codo, sin querer, su camisa mojada. Aishh.

Saco rápidamente el rectángulo negro con botones y lo coloco sobre el panel del salpicadero. Último modelo, sí señor. Sí hasta tiene ranura para cintas. Qué vergüenza. En fin, lo hecho, hecho está. Nada más acoplarlo comienza a sonar una de Coldplay que se ha quedado a medias solo un rato antes. Demasiado romántico. Pulso un botón para sintonizar la radio. Voces. Gente que habla. Esto está mejor.

El semáforo cambia a verde,  meto primera y piso el acelerador. El coche se pone en movimiento bruscamente. Demasiado bruscamente. Aishh… Va a pensar que soy una inútil conduciendo. Estoy consolidando el estereotipo de que las tías no tenemos ni idea de llevar un trasto con motor. Qué lástima doy, por favor.

Intento eliminar todos esos pensamientos negativos de mi mente y centrarme en la conducción. Mientras yo sufro algo parecido al miedo escénico, él irradia tranquilidad y seguridad en sí mismo. Mira al frente, luego por su ventanilla. Respira feliz. Yo agarro el volante con tanta fuerza que los nudillos se me están poniendo de color blanco.

—Cuando puedas te arrimas a la derecha. En el siguiente semáforo giramos y entramos por esa calle de ahí, la del supermercado —me explica en tono cordial mientras señala con un dedo largo, esbelto, de piel morena y uña roma bien cortada, el lugar que acaba de indicarme.

Yo observo su gesto y no puedo evitar quedarme admirando la mano perfecta que complementa a su dedo perfecto, la muñeca con un tenue bello oscuro que se sumerge en las profundidades de la manga blanca de su camisa.

Noto que mueve la cabeza y me mira. Le devuelvo la mirada y por un segundo no soy capaz de pensar en nada. Me quedo ahí, prendida en sus ojos oscuros como una idiota.

Quizás sea su parpadeo lo que me hace volver en mí, no estoy segura. El caso es que presiento que algo falla. ¡Coño, me ha dicho que me ponga a la derecha! Cambio de carril sin avisar y el coche que viene detrás pone música con su claxon a mi maniobra. Aishh… Perfecto, como una novata total. Va a pensar que soy un peligro al volante. Qué vergüenza.

Pero no dice nada. Después de todo le estoy haciendo un favor. Le estoy acercando a su apartamento para que se cambie y se ponga algo seco. Nadie se ha ofrecido a hacerlo. ¿Por qué lo he hecho yo?

Uf, ha sido una suma de casualidades. Yo acababa de llegar del médico, no me apetecía sentarme delante del ordenador, era la única que todavía no lo había encendido y no había empezado a trabajar, tenía el coche aparcado cerca del edificio… Y luego estaba él, de pie en mitad de la sala, calado hasta lo inimaginable. Con el pelo empapado y revuelto, las gotas resbalándole por la cara, contando cómo le ha pillado la tromba de agua sobre la moto cuando estaba a punto de llegar.  Todo mojado. El traje, los zapatos, el maletín incluso con el portátil dentro. Increíble que no se haya estropeado, esas fundas de neopreno son de lo más seguras.

—Ya hemos llegado. Esta es la puerta del garaje.

Vuelve a usar el dedo perfecto para señalar el lugar del que habla pero, esta vez, no me dejo atrapar. Miro hacia delante, como si me hubieran puesto uno de esos antifaces que empleaban antiguamente para que las mulas y los bueyes no se salieran de la línea recta cuando araban los campos.

Impedida de visión periférica no sé donde aparcar para esperarle. Ups, la puerta del garaje que tengo ante mí se eleva. Sale un coche, debo moverme. Ah, no, espera, es él el que ha abierto la puerta con el mando que ahora mismo sujeta en la mano. Lo sé porque lo espío por el rabillo del ojo, eso es casi como no mirar. Yo, vista al frente, como las mulas.

No pregunto y pongo de nuevo primera para deslizarme por la rampa hasta… ¿dónde?

—Es aquí, en la primera planta. Al fondo, la que pone 103.

Aclarado, hasta la plaza de garaje número 103. Ubico el vehículo dentro del rectángulo marcado en el suelo y apago el motor con alegría. Ahora a esperar un ratito, luego otro momento de angustia, apenas cinco minutos, conduciendo de vuelta al trabajo y todo habrá terminado. Respiro aliviada. Se diría que es la primera vez que cojo un coche.

La radio ha perdido la señal y emite un zumbido siniestro y bastante desagradable. Opto por apagarla. Cuando él se baje y me deje sola me pondré de nuevo a Coldplay.

Abre la puerta, sale fuera y recoge con cuidado la bolsa enorme que hemos puesto sobre el asiento para que no se humedezca. Ha sido buena idea, si no, después huele fatal. Sigo sentada y le ayudo para que el agua que se ha acumulado sobre el plástico no caiga dentro. Mucho agua por cierto. Debe estar helado, el pobre, hecho una sopa con el frío que hace.

—¿Se ha mojado la tapicería? —me pregunta con aspecto consternado.

—No, no. No te preocupes —le respondo rápidamente sin comprobarlo.

Me da igual. Solo quiero que se largue para que mi pobre corazón vuelva a recuperar su ritmo normal.

—No pensarás esperarme aquí, ¿verdad? —Me dice asomándose por la puerta por la que acaba de salir del coche. La cabeza ladeada, la ceja enarcada. Mi estomago encogido de nuevo.

—Pues sí…

Bueno, pero qué don para la dialéctica. Debe estar asombrado.  Aishh…

—Vamos, no puedes quedarte aquí. En serio, no es saludable.

Ahí me ha pillado. En eso tiene razón. Por una fracción de segundo me planteo la posibilidad de luchar por esperarle en la calle. El problema es que llueve. Sería tan ridículo exponer esa opción que prefiero callarme antes de parecer más idiota.

Mi relajación, mi musiquita, mi espera tranquila vuela por los aires. Salgo resignada del vehículo y compongo una sonrisa de circunstancias. Viene a decir algo así como: «estoy encantada con tu idea, estás siendo muy amable».

Él me devuelve la sonrisa y yo tengo que obligarme a parpadear y girar la cabeza para no volver a quedarme alelada mirándole. Me dirijo junto a él hacia los ascensores completamente consciente de los pulsos de mi corazón. Pum pum pum pum. Va a estallar de un momento a otro y lo voy a llenar todo de sangre. Sangre roja y caliente.

—¿Puede ser que no hayas cerrado el coche? —Me sugiere como si nada.

Y tanto. Él lo sabe, yo lo dudo. Ahora lo sé seguro: no he cerrado el estúpido coche.  Retrocedo sobre mis pasos y apunto con el mando hasta que las luces parpadean y se escucha el típico bip bip. Ya está, cerrado. Regreso a su lado. Qué vergüenza.

—No sé qué me pasa hoy. No doy pie con bola —digo muy bajito, mirando el suelo y abrazándome a mí misma para autoconsolarme.

Desde luego le estoy dejando maravillado. Como tenga algo que ver con mi evaluación el año que viene y dependa de él mi subida de sueldo, voy apañada. A estas alturas debe haber añadido a mis apellidos los adjetivos: despistada, incompetente,  sosa, peligrosa, boba y un sinfín más de cosas bonitas.

Sigue sin decir nada y yo miro el suelo. Llega el ascensor y lo tomamos para subir hasta el último piso. Pum pum pum pum. Los latidos me están llegando al cerebro y me golpean las sienes. Miro fijamente las puertas del ascensor hasta que se abren. En la vida he sentido tanto alivio.

Él se adelanta y va sacando las llaves de su chorreante chaqueta.

—Estoy loco por quitarme esta ropa.

Creo que intenta explicarme sus prisas. No hay nada que explicar. «Por favor, hazlo. Hazlo rápido y volvamos con el resto de la gente. No soporto más estar a solas contigo».

Entra en su apartamento y deja la puerta abierta tras él.

—Pasa y ponte cómoda. Enseguida salgo.

Eleva la voz para decírmelo mientras se aleja por el pasillo dejando un rastro de huellas húmedas a su paso.

Una pequeña zona de recibidor, sin puerta alguna, se abre a un salón con un sofá y una mesita auxiliar ante él. Una cocina office a la izquierda y a la derecha una puerta que parece conducir a las habitaciones. La pared del salón que veo frente a mí da a la terraza. Tiene una gran puerta y varios ventanales, con las cortinas abiertas, que permiten contemplar la fina lluvia que no cesa.

Los muebles son oscuros, de diseño moderno y funcional. Se nota que es un piso alquilado por la falta de detalles personales, de trastos, quizás. Aun así, es un piso que está muy bien. Para pasar unos meses, que es para lo que lo quiere él, es más que suficiente.

—¿Tienes mucha prisa? ¿Te importa si me doy una ducha? Es que me he quedado helado. A ver si consigo entrar en calor.

Me vuelvo al escuchar su voz y está en la puerta del salón. Se ha quitado la chaqueta, se ha descalzado y lleva la camisa blanca por fuera del pantalón del traje. Se desabrocha los botones desde arriba, desde el cuello hasta el ombligo, mientras espera mi beneplácito a su petición.

Es difícil dar una respuesta coherente mientras intentas tragar saliva para no babear e imprimes, a la vez, fuerza a la mandíbula inferior para que no cuelgue flácida ante esa visión divina.

Impresionante. Realmente impresionante. Más que eso. IM.PRE.SIO.NAN.TE.

El cabello oscuro alborotado sobre sus ojos. La piel morena bajo la camisa blanca. La boca… aishh… esa boca. Los hombros anchos, la cintura estrecha. Esos pectorales que asoman a la vez que sus manos van maniobrando para librarse de la prenda húmeda.

En realidad el pecho no se ve demasiado, pero la tela mojada se pega a su cuerpo y crea una imagen muy clara de lo que oculta debajo. Perfecto. Todo es perfecto.

No he contestado nada todavía, ¿verdad? Verdad. Estás contemplándole embobada. Pero él es jefe. No exactamente mi jefe, pero jefe al fin y al cabo. Así que no espera mi aprobación.

—No tardo nada —grita al aire desapareciendo de nuevo en la zona de las habitaciones.

Parpadeo, inspiro profundamente y camino despacio hasta la puerta de la terraza. La abro y el viento frío y acuoso me golpea todo el cuerpo. Esto está mejor. El aire, la lluvia, todo refrescante, todo baja la temperatura corporal. Mejor así.

Tardo apenas un minuto en cansarme del vendaval y cierro procurando no hacer ruido. Aquí no ha pasado nada. Pero no es cierto, el suelo bajo la puerta está lleno de agua. Aishh…

Inspecciono a mi alrededor para ver dónde puede estar escondida la fregona. En la cocina, entre todos los armarios, hay una puerta alargada. El escobero seguro. Corro hacia allí y acierto a la primera. Escoba, fregona y cubo. El kit de limpieza por excelencia. Agarro lo que necesito, regreso corriendo al suelo inundado e intento hacer desaparecer el charco.

Ha caído tanta agua que la fregona no puede absorberla toda. Mierda, mierda, mierda. Corro de nuevo hasta la pila,  agarro las hebras del mocho con ambas manos y las retuerzo para que escurran todo el líquido. Repito las carreras y los escurrimientos dos veces más, con un nudo en la garganta. Si me pilla haciendo esto directamente me muero. Así, sin más. En los titulares pondría: «Se encuentra el cadáver de mujer joven muerta de vergüenza». Y sería verdad.

Devuelvo, por fin, la fregona a su sitio, y me lavo las manos con un poco de detergente para eliminar el olor mohoso que me ha quedado impregnado en ellas.

—Hola, ya me siento mucho mejor.

El príncipe acaba de entrar en el salón con unos vaqueros y un suéter de punto verde claro. Se frota el pelo con una toalla mientras avanza hacia donde estoy, tras la barra americana. Madre mía. Está guapísimo.

      Pum pum pum pum. Cualquier cardiólogo me diría que esta situación sí que no es saludable. Es mucho mejor quedarse en un garaje respirando CO2, sin lugar a dudas. No sé cómo me he dejado convencer. A lo mejor porque deseaba seguir a su lado  admirándole ¿puede ser? «Y ¿con qué fin? En serio, tú estás prometida, él está de paso y es un poco jefe tuyo. ¿Qué quieres de él? ¿Eh?» «Nada, nada», me respondo a mí misma rápidamente. Parece que me estoy enfadando con mi mitad responsable. Yo, la mujer audaz, solo quiero disfrutar un poquito de este ejemplar magnifico que me ha puesto la vida en el camino durante unos minutos. ¿Qué importancia tiene eso? No es que él vaya a fijarse en mí, ni mucho menos. No estoy mal, lo sé. Pero también sé que él no se queda con las que no están mal, seguro que no. Él puede escoger a las que están muy, muy bien. Tan bien como él.

—¿Te apetece un café? —me pregunta cuando se sitúa a mi lado.

Hmm, huele fenomenal,  a gel, a limpio. Inhalo profundamente y puede que hasta cierre los ojos unos segundos recreándome en su aroma. «¿Puedes contestar, por favor? Va a pensar que tienes algún problema mental». «Y ¿qué le digo?» «Que no quieres nada. Cuanto antes acabes con esto mejor».

—Déjalo, no hace falta. No te…. —«¿vas a volver a repetirle la misma frase del garaje?»—… molestes.

«Pes, no te has esforzado mucho».

—¿Molestarme? Venga, es lo mínimo que puedo hacer para agradecerte que me hayas acercado hasta aquí.

Me sonríe con los ojos. Con la boca también, un poco, pero, sobre todo, me sonríe con los ojos y yo me veo incapaz de devolverle la sonrisa. Agacho la cabeza y me muevo para salir de la cocina, para ponerme al otro lado de la barra de granito oscuro y hacerla servir de muro entre los dos. Debo seguir insistiendo para irnos lo antes posible.

—De verdad, no… no es necesario. Será mejor que volvamos…

—¿Tenías algo urgente hoy? Podrás parar a almorzar al menos ¿no?

Pero qué pesado. Qué insistente. Le miro y sigue plantado en el mismo sitio, con los ojos entornados, sonrientes. Su actitud me inquieta. ¿Acaso se ha dado cuenta de mis turbias emociones? ¿Se burla de mí? De pronto me siento más ridícula aún, si es que eso es posible. Como una muñeca de trapo frente a él. Tengo la sensación de que mis brazos cuelgan sin gracia alguna junto a  mi cuerpo, que mi rostro refleja mis pensamientos, no sé cómo poner las piernas para parecer digna y sofisticada como él. La visión de un taburete a mi lado me salva la vida. Intento sentarme con sutileza y aferro con las manos el asiento redondo.

Estoy orgullosa, he resuelto la situación todo de una: piernas, brazos, todo bien colocado e invisible a sus ojos desde el otro lado de la barra. Solo mi rostro puede seguir delatándome. «Ponte las pilas, tía». Está bien me pongo las pilas.

—De acuerdo, tomaré algo.

«¿Eso es ponerse las pilas?» «Sí, me tomo algo rápidamente y nos vamos. Él se queda satisfecho y yo olvido todo esto cuanto antes». «Tú verás.  Yo creo que en el fondo estás intentando alargar la situación». «Sólo admiro las vistas, déjame en paz».

Buf, es muy cansado lo de tomar decisiones.

—Perfecto. ¿Café o cortado? ¿O prefieres otra cosa? Creo que queda zumo de naranja en la nevera.

Se mueve por la pequeña cocina para comprobar sus provisiones.

—Un cortado está bien, gracias.

Terminemos de una vez. Pum pum pum pum. Espero tener bien el colesterol. Todo este estrés va a causarme problemas.

Asiente de espaldas a mí, mientras enciende la cafetera. Camina a la nevera, saca un cartón de leche, luego abre un armario y coge dos tazas. Vierte un poco de leche en ambas.

—¿Te gusta caliente? —Levanta la vista y espera mi respuesta.

Me pierdo en sus ojos oscuros otra vez. No sé el tiempo que pasa hasta que escucho de mis labios un «sí, gracias».

—Deja de darme las gracias por todo, por favor. Y ponte cómoda. Deja el bolso por ahí y quítate la chaqueta al menos. Relájate. Porque tardemos quince minutos más no se va a hundir la empresa.

¿El bolso? ¿La chaqueta? ¡Quince minutos! ¡¿Tanto?!

Hago lo que me dice. No voy a resistirme más. Cedo en todo. Me muevo con cuidado para no cometer más torpezas y termino de nuevo sobre el taburete de puticlub, con base y reposapiés de aluminio y asiento redondo de polipiel negro.

—¿Qué tal va todo? ¿Te gusta tu trabajo?

Habla mientras deja las tazas en el microondas, pulsa el minutero, saca dos cápsulas de café de otro armario y empotra una bajo la tapa plateada de la cafetera.

—Bien… sí, estoy a gusto.

Observo sus movimientos elegantes y concretos. No vacila, no tiembla. No está hecho un flan como yo.

—¿Crees que saldrá bien?, ¿que llegaremos a plazo?

Ahora se para y posa sus ojos sobre mí. Él ha venido aquí para eso. Le han trasladado a nuestra oficina para asegurarse de que el proyecto cumple las fechas y la calidad requerida. Yo no tengo ni idea. Sé que mi parcela, mi pequeño cachito sobre el que yo ordeno y mando, sí marcha como se espera. De eso puedo hablar, me siento segura en ese ámbito.

—Hasta donde yo sé vamos bien. Cumpliremos —prometo.

Esboza una ligera sonrisa y mueve afirmativamente la cabeza volviendo a sus quehaceres. Abre armarios y cajones. Toma un platito para cada taza, coloca una cucharilla sobre ambos platos y los pone en la barra ante mí. También un azucarero y una lata de metal roja con bonitas ilustraciones de estilo modernista. Mujeres con grandes sombreros laureadas de flores y enredaderas. Me entretengo en seguir con la mirada las filigranas y espinas preguntándome qué es lo que oculta ahí dentro.

Sirve el primer café humeante sobre uno de los platitos y coloca la taza que falta bajo el pitorro de la cafetera. Espera, paciente, a que la máquina termine de expulsar la última gota de líquido hirviente para tomarla, colocarla en su correspondiente plato y rodear la barra americana para venir a sentarse a mi lado. Genial, justo lo que yo necesitaba, tenerle cerca para que mi presión arterial aumente sin control.

Se aproxima un poco a mí para poder acceder a la lata roja. Reacciono como la grasa ante el Fairy y para disimular me vuelvo hacia la ventana.

—No para de llover —digo solo para romper el silencio incómodo que nos envuelve. Bueno, a mí me resulta incómodo, a él le he visto muy tranquilo durante todo este rato.

—Sí. Me han engañado. Me habían dicho que en esta ciudad siempre hacía buen tiempo y, desde que he llegado, solo he visto cielos nublados, viento y lluvia.

Le ha puesto un poco de azúcar a su cortado mientras hablaba y lo remueve con suavidad. La lata metálica ya ha sido abierta y expone su contenido al público. Galletas.

—Coge una —me anima cuando se da cuenta de que las estoy mirando.

¿Quiero una galleta? Juraría que no, no podría tragarla. Bastante tengo con beberme el café. Dedico toda mi atención a ponerme azúcar de forma elegante sin derramar ni romper nada, y pregunto solo por ganar tiempo:

—¿Son caseras?

Es evidente que no. No me imagino a un hombre como él haciendo galletas en esta pequeña cocina alquilada. Aunque tienen pinta de eso, de galleta artesana de mantequilla. Tal vez de su madre. ¿De su novia? Ah, eso es. Seguro que tiene novia y ella, los fines de semana, le prepara estas galletas con aspecto estupendo para que las coma cada mañana y lleve su imagen grabada a fuego durante  el resto del día.

—Sí, las he hecho yo —dice tomando una y llevándosela a la boca.

Vaya, la sorpresa me hace mirarle a la cara para ver si sonríe, para confirmar que no es una broma. Mastica gustoso, se chupa el dedo… aishh… ese dedo… y me devuelve la mirada con una sonrisa, pero no es irónica ni bromista, es una sonrisa dulce.

—Vamos coge una, pruébalas. Están buenas.

Para demostrarlo alcanza otra y la muerde con ganas.

—¿Has hecho tú las galletas? —Necesito confirmación de lo raro que me parece.

Asiente con la carrillos llenos. Traga.

—Sí, cuando no puedo dormir me levanto y cocino. Me gusta preparar postres. Sobre todo bizcochos y galletas. Me gusta el olor que deja en la casa, resulta entrañable.

Creo que tengo la boca abierta. Esta declaración  solo tiene una explicación, claro: es gay. Homosexual, maricón, como quieran llamarlo. Le gustan los hombres. Eso explica que siempre vaya impecable, que huela tan bien, que lleve las manos tan cuidadas y que su pisito esté tan recogido. Todo el mundo sabe que son atributos gays.

Y que sea tan agradable conmigo. Yo no conozco personalmente a ninguno, pero en todas las novelas y películas digamos «de chicas», la protagonista tiene un amigo homosexual. Normalmente es uno de sus mejores amigos.

Contemplo el maravilloso ejemplar masculino que tengo delante. Qué pena, por favor. Para las mujeres, claro. Los hombres deben sentirse afortunados. Los hombres homosexuales, por supuesto. Aunque el resto también. Los heteros también porque no cuentan con este contrincante excepcional que tengo sentado a mi lado.

Esto cambia las cosas. Me relajo imperceptiblemente. Igual perceptiblemente porque mis manos dejan de aferrar la taza y la cucharilla. Ahora solo las sujetan. La tensión de mis hombros y espalda también disminuye y empiezo a respirar con cierta normalidad.

Me siento casi como nueva. Alcanzo una de las fantásticas galletas que han obrado este maravilloso cambio y me la llevo a la boca con alegría. Está muy sabrosa. Qué bien.

«Y eso, ¿por qué? ¿Qué esperabas?, ¿que se te fuera a declarar y tuvieras que tomar la decisión de consumar tus deseos? Gay o no gay lo mismo da», me regaño a mí misma. «Es igual de inaccesible en cualquier caso». «Puede que sí, pero yo ahora me siento más tranquila».

Me mira. Ah, espera que le diga cómo están sus galletas.

—Hmm, muy ricas —le confirmo complaciente.

Es cierto. Bebo un sorbito de café. Me siento estupenda. Estoy almorzando tranquilamente con mi compañero de trabajo requeteguapísimo y gay. Ya está. Sonrío por primera vez desde que hemos salido de la oficina camino de mi viejo coche.

Se fija en mi mano.

—¿Estás casada? —me pregunta.

«¿Ves?», me digo, «ahora que sé que su inquietud no tiene ninguna intención oculta puedo contestarle con toda naturalidad». ¿Podría llegar a ser un buen amigo como esos de las películas ñoñas? Me animo. «¿Te imaginas con él comprando en Zara, tomando una copa, hablando de chicos?» Qué lástima que solo vaya a pasar aquí unos meses y no podamos intimar de verdad.

—No, todavía no. Vivimos juntos y vamos a casarnos después del verano. Este es mi anillo de prometida.

Le enseño el fino aro dorado con un pequeño diamante en el centro. Lo hubiese preferido plateado. Es algo que mi futuro marido debía haber previsto pero, bueno, qué le vamos a hacer. No es un regalo que se pueda cambiar así como así sin causar un disgusto.

El príncipe homosexual no le presta demasiada atención a mi joya. Pensaba que a los gays les encantaba charlar sobre este tipo de cosas. Me quedo un poco decepcionada. Ah, probablemente no le gusta a él tampoco y le sabe mal comentarlo.

—Lo hubiese preferido plateado pero… —me encojo de hombros.

Ahora sabe que estoy de su lado y puede hacer cualquier comentario negativo si quiere. No surte el efecto deseado, ni siquiera lo mira.

—¿Y lleváis mucho tiempo juntos?

Vaya, otra pregunta personal. Bueno, es lógica. «Os vais a casar cuéntame algo más». Vale, le cuento. No es que haya dejado de imponerme del todo pero me siento mucho más cómoda. Me mira y yo le correspondo, aunque sus ojos oscuros aún me intimidan. Prefiero posar la vista sobre mi cortado y removerlo mientras hablo.

—Unos cuatro años. Nos conocimos en una discoteca y estuvimos tonteando unos meses hasta que al final nos decidimos a intentar algo serio. El año pasado alquilamos un piso y… bueno… nos llevamos bien así que… vamos a pasar a mayores.

Termino mi perorata con gesto de «era algo inevitable» y un nuevo encogimiento de hombros.

Lo cierto es que lo siento así, como una secuencia de hechos inevitables que nunca he llegado a recapacitar del todo. Conoces a alguien, te gusta, estás a gusto a su lado, empiezas a salir, se convierte en algo formal, le echas de menos cuando se va, os ponéis a vivir juntos y acabas decidiendo poner orden jurídico y fiscal a todo eso. Te casas.

¿Es el hombre de mi vida? Uf, no sé. Eso no lo sabes hasta que te mueres. Cuando te vas a morir, una fracción de segundo antes, imagino que puedes decidir si en toda tu vida esa persona ha sido realmente la más especial ¿no? Quiero decir que, ¿cómo puedo saber yo, ahora mismo, si dentro de seis meses me seguirá gustando mi futuro marido igual que me gusta ahora? En fin, el alboroto que he llevado encima durante la última media hora me demuestra que puede aparecer otra persona, en cualquier momento, en cualquier lugar, que me resulte atractiva. A lo mejor luego la conoces mejor y ya no te gusta, pero a lo mejor sí. En ese caso ¿es correcto cerrar los ojos y seguir con tu pareja actual o deberías plantearte tirarlo todo por la borda y seguir el impulso de probar eso nuevo que reclama tu cuerpo?

Es complicado analizar todo esto porque la siguiente duda que surge es: ¿Y si me planteo esa posibilidad porque no estoy enamorada de verdad? Pero, claro, para responder a eso lo primero es decidir qué significa estar enamorada «de verdad». Dependerá de cómo vives tus propias emociones ¿no? Hay  gente que necesita dramas, peleas, desacuerdos y pasión desenfrenada para sentirse emocionalmente vinculada a alguien. Por el contrario, yo soy una persona tranquila en ese aspecto. A mí me gusta sentirme bien y relajada. Y ahora me siento así con mi futuro marido. Es una relación dulce y amigable. Hablamos mucho, tenemos buen sexo y no discutimos apenas. Formamos una buena pareja.

—¿Y tú? —Le pregunto al morenazo que sigue sentado a mi vera—. ¿Estás casado?

Soy una persona abierta, admito el matrimonio gay sin ningún problema.

—¿Yo? —Se ríe abiertamente durante un segundo y deja en su bonito y masculino rostro una expresión risueña digna de una sesión de fotos profesional.

Vaya, me da que le parece ridícula la idea.

—¿Te hace gracia el matrimonio? —Le digo algo ofendida.

Siento que al reírse del matrimonio también se ríe de mí porque acabo de decirle que me voy a casar.

Él nota mi tono huraño y se explica.

—No, no, qué va. El matrimonio me parece algo casi… místico.

Elevo las cejas y aprieto los labios. Se burla de mí, ahora estoy segura.

—De verdad. Me río porque nunca he tenido ninguna relación que haya durado lo suficiente para pensar siquiera en vivir juntos. Unos meses como mucho. La gente que decide casarse me asombra. Casi siento admiración por vosotros. Estar tan seguro de algo, de alguien… Me tomo el matrimonio muy en serio, puedes creerme.

Oh, eso no me lo esperaba. Está confesándome un montón de cosas: padece insomnio, le gusta cocinar galletas, que ha sido un modo de decirme que es homosexual, y ahora me cuenta que no le duran nada las parejas. Con ese cuerpazo y esa cara no puedo creer que no funcione bien en la cama. No quiero creer que no funcione bien en la cama. Es una pena para todos, entonces. Ni lo catan las mujeres ni los hombres quedan satisfechos. Quién lo iba a decir. Y yo que estaba tan impresionada y tan inquieta a su lado. Qué ridícula.

Ahora estoy tan tranquila que si fuera un tío probablemente aprovecharía para remover el culo en mi asiento y colocarme bien el paquete. En vez de eso, meto la mano en la lata de galletas y me llevo una a la boca. Saboreo el dulce. Mira, por lo menos cocinar, cocina bien. Si encuentra un buen tipo al que no le interese mucho el sexo y le guste comer rico podrían llegar a tener una bonita relación platónica.

—No es para tanto —le replico mientras mastico—. Solo consiste en encontrar a alguien que te haga sentir bien. Y no es que el matrimonio sea para siempre. Si te equivocas siempre puedes divorciarte y volverte a casar.

Oh, mierda, ahora caigo, será muy religioso y por eso le da tanta importancia. Jolín, un homosexual impotente y beato. Esto cada vez se pone menos y menos tentador. Hasta empieza a parecerme menos guapo.

—¿Eso es lo que piensas? ¿Vas a casarte pensando que cuando te canses puedes deshacerlo sin más?

Me lo pregunta sin entonación alguna que insinúe su opinión al respecto.

—Bueno, lo que realmente creo es que la decisión difícil es irte a vivir juntos. Llegados a ese punto lo otro solo es papeleo.

Permanece callado reflexionando.

—Puede que tengas razón, que al final no es todo tan complicado —concede.

—Lo complicado es encontrar a ese alguien. ¿Por qué crees que han fallado tus relaciones?, ¿por qué no duran más que unos meses?

Se levanta y, por un momento, pienso que se ha enfadado, que me he pasado de indiscreta. A fin de cuentas es mi jefe, casi mi jefe, no lo olvidemos. Pero no, solo ha ido a por agua. Acerca una jarra y dos vasos. Me sirve sin preguntarme y se lo agradezco, las galletas dan mucha sed.

—Pues la cosa suele empezar bien…. Bueno, «solía», porque ahora ando con pies de plomo y me he vuelto muy desconfiado.

Vierte agua en el vaso y da un largo trago. Observo fascinada cómo inclina la cabeza hacia atrás, como se agita su nuez de piel morena cuando el agua pasa por su esófago. Será todo lo gay que quieras, impotente por completo y rezará más que el papa, pero está buenísimo. Aishh…, qué desperdicio. Mi boca forma un mohín de puchero sin poder evitarlo.

Él continúa hablando de sus fallidas aventuras amorosas. Me he debido ganar su confianza en este ratito.

—Cuando conozco a alguien todo parece normal. Empezamos a quedar, poco al principio, luego cada vez más y alrededor de la quinta o sexta semana se empieza a obrar el cambio —se calla y me mira para darle más emoción. Hace bien, estoy intrigada. Le hago una seña para que prosiga—. Por supuesto cada mujer es diferente pero…

Él habla pero yo ya no escucho. ¿Cómo que «mujer»? ¿Pero no hemos quedado que es homosexual? ¿De qué habla? ¿Me he perdido algo?

 —Perdona ¿puedes volver a explicármelo? —Pum pum pum pum.

Frunce ligeramente el ceño, pero retrocede hasta el último párrafo que he prestado atención.

—Digo que cada persona es diferente, pero la mayoría sigue el mismo patrón. Comienzan a llamarme a deshoras, a enviarme infinidad de correos y mensajes al móvil. Es como si tomaran confianza y comienzan a saturarme. Me llaman en horario laboral para comprobar si estoy trabajando, por las noches para ver si estoy en casa. Si salgo con los amigos me paso la noche recibiendo mensajes y llamadas. No sé cómo evitarlo.

Ah, menos mal. He debido entenderle mal. Jajaja, me había parecido oír «mujer». Qué susto.

 —Por mucho que me guste esa persona llega un momento en que no puedo soportarlo más y abandono, dejo la relación. Pero entonces el acoso es peor. He llegado a un punto en que cada vez que empiezo algo con alguien me compro un móvil de tarjeta. Cuando se acaba la historia simplemente tiro la tarjeta a la basura y me olvido.

Jo, qué duro. Seguro que hay mejores formas de separarte que dejar a tu último amante hecho polvo sin poder localizarte. Todo esto me hace reflexionar sobre dos puntos. Primero, no debe montárselo nada mal en la cama cuando le acosan así. Hmm, eso me resulta más atractivo. Aunque sea gay. Segundo, no tiene que ser muy beato si va por ahí dejando corazones rotos y locamente enamorados a su paso. Vale, dos errores de fórmula sin importancia. Cualquiera puede equivocarse. Vuelve a ser un homosexual viril, sexi y guapísimo ante mis ojos.

Estoy sentada en el taburete con las piernas cruzadas y mi codo derecho reposa sobre el granito oscuro. Mi cabeza apoyada en esa mano. Relajada, interesada en la conversación. Qué inesperado giro en los acontecimientos de esta mañana. Primero tantos nervios y ahora todo tan sencillo. Una charla entre amigos.

  —¿Y hablas con ellos antes de que ocurra? Quiero decir que ¿les previenes que no te gusta que te persigan, que te acosen? —Le consulto como si tal cosa. Es un colega, quiero ayudarle.

—Bueno, cuando empiezas una relación no sueles comenzar con un: «¿Te gustaría cenar el viernes conmigo? Pero, por favor, evita agobiarme en exceso o te dejaré tirada como a una colilla». Se sobreentiende que es algo que nadie desea ¿no?

Ah, claro, tiene razón… ¿Por qué ha dicho «tirada» en lugar de «tirado»?

—¿Por qué has dicho «ellos»? —Me mira uno segundos y cuando lo comprende sonríe divertido—. ¿Crees que soy gay?

Pum pum pum pum. Me pongo tiesa en mi taburete y abro los ojos como platos.

—¿Por qué has pensado que soy gay?

Afortunadamente sigue manteniendo una apariencia de franca diversión. Al menos no se lo ha tomado mal, no se ha sentido ofendido. La que se molesta soy yo que llevo un cuarto de hora de paliqueo, tan tranquila, sin saber que todas mis teorías son infundadas. De hecho, llevo un ratito jugueteando con mi lengua para extraer un cachito de galleta que se me ha quedado entre las muelas. ¿Qué muecas espantosas habré hecho con la boca?, ¿qué pensará de mí ahora? «Pues ahora no va a desearte nada de nada, eso seguro. Pero no te preocupes, preciosa, antes tampoco».

Me mira sonriente y me veo obligada a darle una explicación. Sus ojos hacen mella en mí y vuelvo a ser la chiquilla tímida de hace un momento. Las palabras se agolpan en mi cabeza y las balbuceo sin control.

—Por las galletas… las manos cuidadas… las galletas… lo arreglado que vas siempre… lo bien que hueles…

¡¿Le he dicho eso?! ¡¿De verdad le he dicho eso?!

Me inclino hacia la encimera, cierro los ojos y oculto la cara entre las manos. Como los niños, quiero creer que, igual que yo ya no le veo a él, él ya no me ve a mí. Ahora solo debo esperar a que tenga necesidad de ir al baño para salir huyendo de este salón sin volver la vista atrás. Lo jodido va a ser encontrar otro trabajo tal y como está la cosa pero, en fin, qué se le va a hacer. Eso es preferible, sin ninguna duda, a encontrarme con él de nuevo.

—Eh, no pasa nada. No me molesta lo más mínimo. Me parece gracioso, de verdad. Nunca me había pasado algo así.

Separo los dedos lo suficiente para espiarle a través de ellos. Ahora es él el que apoya el codo sobre la barra y con la mano se acaricia la barbilla primero y luego coge entre el pulgar y el índice el carnoso labio inferior y estira un poco de él, lo suelta, lo vuelve a capturar, estirar, soltar, capturar, estirar, soltar. Es un gesto que ya he observado antes en él, durante las horas de trabajo. Una especie de tic que debe hacer, sin darse cuenta, cuando está absorto pensando en algo. Al final parece decidirse.  Apoya la sien sobre el puño.

—Tú también hueles muy bien.

Mierda, mierda, mierda. Cierro otra vez los ojos, los aprieto con fuerza y junto los dedos para que no entre un resquicio de luz. Ahora no puede verme seguro. Los segundos pasan y nada sucede. Va a ser cierto que no me ve.

Consigo tranquilizarme un poco y respirar casi con normalidad. Me gustaría tanto borrar esta última hora. Poder hacer «Control+Z», como en el procesador de textos, y deshacer todo lo ocurrido. Me siento ridícula, avergonzada. Ojalá me hubiese sentado en mi silla y encendido el ordenador prestando oídos sordos a sus lamentos por haberse mojado. No haberme ofrecido jamás a traerle a casa.  Lo he pasado fatal, me he comportado como una estúpida. Ojalá hubiera cerrado el pico a tiempo. Mierda, mierda, mierda. Yo que nunca abro la boca si no es importante. ¿Por qué justo hoy? Ojalá, ojalá, ojalá… me volviera a despertar y fuera de nuevo primera hora de la mañana y nada de esto pasase como ha pasado.

—Oye…

¿Me habla?, pero si no estoy… Lo que es aún peor, ¡creo que ha puesto una mano sobre mi hombro! ¡Dios me está presionando para que me gire hacia él! Lo hago, me giro, ¿qué puedo hacer si no? Ahora pone sus manos perfectas sobre las mías y me obliga a apartarlas de mi cara. Me quedo así, con los ojos cerrados y expresión de dolor, vergüenza y nervios en el rostro. Divina, he de estar divina. Cuanto más lo pienso más me encojo y más fuerte aprieto los labios.

Pone el envés de la mano bajo mi barbilla y me fuerza a levantar la cabeza. El cambio de posición me hace abrir bruscamente los ojos y le veo ahí, frente a mí, apenas a dos palmos. Me quedo colgada en esos ojos oscuros que me miran fijamente.

—No me importa, en serio. He pasado un rato muy agradable charlando contigo. —Parece que duda por primera vez desde que estamos juntos. Toma mis manos entre las suyas y prosigue—: Hacía tiempo que no hablaba así con nadie…

Mira mi mano prometida y acaricia con el pulgar el fino aro dorado. Levanta la vista hasta mis ojos asombrados y me vuelve a sonreír con los suyos. ¿Está flirteando conmigo? Pum pum pum pum. Dudo de sus intenciones. A fin de cuentas no he hecho más que mal interpretarle desde que hemos llegado.

Para aclarármelo, acorta las distancias, aproximándose a mí hasta que su cabello roza mi nariz.

Respiro hondo. Vaya, parece que sí que está en mi mano tomar una decisión. Aishh…

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Copyright © 2017  Teresa Guirado.
Todos los derechos reservados.

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