Seres inteligentes

—Esta es la zona de los animales domésticos.
Ohhh, ohhh… Murmullos de asombro llenan el espacio.
—Y eso, ¿qué quiere decir exactamente? —pregunta algún despistado que no ha prestado atención al documental que han puesto en la entrada.
—Pues son los animales que convivían con el ser humano para hacerle compañía o darle sustento. Por ejemplo, este es un especimen de canis lupus familiaris, según la clasificación humana, denominado comúnmente como perro.
El ser menudo se acerca a la barrera interesado por nuestra presencia, pero, en cuanto mete el extremo oscuro y húmedo de lo que parece su cabeza dentro del campo de fuerza, sale despedido hacia el fondo de su pequeño habitáculo. Se lamenta con quejidos dolorosos y se pliega sobre sí mismo para acurrucarse en el rincón.
—Siempre el mismo drama. ¡No aprende! Jajaja… Se considera que tiene un nivel de inteligencia elemental dirigido exclusivamente a la supervivencia.
—¿Para qué servía entonces? ¿Se lo comían? —pregunta otro miembro del grupo de visitantes.
—Bueeeno, depende del ámbito geográfico, pero, por lo general, se usaba como animal de compañía. Le daba mimos al humano que lo cuidaba y así este se sentía menos solo al llegar a casa.
El público ríe incrédulo. “Vaya ideas”, “qué costumbres mas raras”, “qué curioso”.
—A su lado tenemos un felis silvestris catus, también llamado gato, que hacía, más o menos, el mismo papel de compañero amistoso que el perro.
El susodicho está tumbado y no levanta la cabeza, apenas suspira y nadie le presta demasiada atención.
—Sin embargo, este es un ejemplar de sus scrofa domestica. Un cerdo. Este enorme animal sí servía de alimento. Los producían en serie, los engordaban a la fuerza, los mataban, los despedazaban y se comían su carne.
Aghh…aghh… Exclamaciones y gruñidos de repugnancia por doquier.
—Este es un… —Un gesto de uno de los espectadores detiene su explicación—. Dígame, dígame.
—Perdone, ¿lo que vemos al fondo son los habitáculos de…?
—Sí, sí, así es.
—Pues… disculpe mi atrevimiento, pero ¿cree que podríamos verlos antes de continuar? Es que apenas puedo concentrarme en lo demás. Creo que así disfrutaría más la visita. No sé si el resto de visitantes está de acuerdo conmigo.
El grupo alaba su idea, el guía concede.
—Claro, ¿por qué no?
Caminan en un silencio respetuoso hasta la nueva sala que se abre frente a ellos. En el suelo, las lineas que delimitan la zona muestran ligeras protuberancias. Es un modo de indicar que el superar esa barrera transparente de fuerza puede resultar letal.
—Aquí los tenemos: dos ejemplares de homo sapiens. El de la derecha es el macho; la de la izquierda, un poco más atrás, la hembra. Dependiendo de las condiciones climáticas de su región de origen podía variar el tono del tejido que los recubría: la piel, el aspecto de los filamentos cónicos de su cobertura o lo que ellos llamaban pelo, el tamaño que alcanzaban los ejemplares adultos…
Nadie comenta nada, sobrecogidos por la visión de esos seres de apariencia frágil, conmovedora, que tuvieron su mundo en la palma de las manos y ahora se asemejan bastante al perro asustado, ovillado en un rincón, que acaban de ver.
—¿Nos observan? —pregunta alguien.
—Sí, sí. Esas esferas brillantes en el extremo superior del cuerpo son los órganos oculares por donde captan la luz. Los llamaban ojos.
—¿Qué hacen ahora?
—Hmm… creo que lloran. Solo es un líquido que segregan para limpiar los ojos, pero, a la vez, es la expresión de la emoción de miedo, sorpresa, a veces alegría. Probablemente, ahora se trate de miedo por tenernos aquí presentes.
—¿Es que son inteligentes?
De nuevo, el que no ha prestado atención al video pregunta algo que todos los demás ya sabemos.
—Bastante. Han sido capaces de cultivar alimentos, fabricar herramientas, idear la rueda y la polea, construirse guaridas cada vez más sofisticadas… No está nada mal para un ser tan primitivo.
—Entonces, ¿cómo hemos logrado…?
—¿Acabar con su especie y habitar la tierra? En realidad ha sido sencillo. Hicimos germinar en ellos distintos sistemas de creencias que les hacía discutir constantemente y entrar en guerra. Eso les tuvo matándose durante miles de años.
Sonrisas cómplices y susurros de confirmación. “Claro, qué buena idea”, “qué listos somos”.
—Luego, les descubrimos el uso de la luz y de los hidrocarburos, jajaja —ríe confiado, seguro del éxito de ese chiste que ha contado un millón de veces. Y tiene razón, el grupo ríe con él—. Se pusieron a fabricar cosas con esa energía a lo loco, sin pensar en cómo deshacerse de los residuos. ¡Establecieron una forma de vida donde trabajaban todo el día fabricando cosas inútiles, para que otros pudiesen comprarlas con lo que obtenían fabricando otras cosas igual de inútiles!
El guía vuelve a reír, todos ríen. “Qué absurdo”, “vaya estupidez”.
—Necesitaban materias primas para seguir fabricando esas cosas inútiles y montaban nuevas guerras para conseguirlas. Envenenaban el aire, los ríos, expoliaban el suelo, las montañas… Y luego desechaban todos esos objetos de inmediato y los tiraban en cualquier lugar… ¡solo para adquirir otros nuevos!
El público no puede estar más asombrado. Algunos se muestran incrédulos. “No puede ser verdad”, “nadie con un poco de inteligencia haría eso”, “debe de haber alguna explicación que se nos escapa”.
—¿Cómo es posible? ¿No se daban cuenta de lo que estaban haciendo con su planeta? —preguntan varias voces al unísono.
—Sí, claro que sí. Había humanos conscientes de la catástrofe que estaban provocando, pero nadie escuchaba sus voces, aunque tenían más conocimientos y una visión más amplia que la mayoría. Los llamaban científicos.
“Qué impotencia debían de sentir”, masculla alguien. El guía asiente y continúa.
—El clima empezó a cambiar, la tierra ya no les alimentaba, la población humana comenzó a emigrar, pero los que tenían agua y alimentos no querían compartirlos, así que hubo mas guerras por el control de los recursos… ¡Se mataron a sí mismos sin necesidad de una invasión!
Hay burlas, chistes malos, más risas. “Se veía venir”, “qué sinsentido”, “se lo merecen”.
—Pero ¿cómo hicimos el planeta habitable para nuestra especie?
—Eso también se lo debemos a ellos solitos. Acabaron con los árboles, unos organismos vivos, absolutamente complejos y maravillosos, que mantenían la calidad de su atmósfera y así la hicieron viable para nuestro organismo. Nos lo pusieron muy fácil, tanto que nuestros gobernantes desean hacernos creer que todo ha sido producto de un elaborado plan, que su destrucción se ha debido a que han sido objeto de nuestra presión sobre su planeta. Pero les aseguro que solo tuvimos que sentarnos a esperar a que ellos mismos acabasen los unos con los otros y con toda posibilidad de vida en su mundo.
—¿No ha dicho usted antes que eran inteligentes?
El comentario provoca carcajadas, pero el guía sonríe con serenidad y luego dice muy serio:
—Sí, hay pruebas de que lo eran: escribían historias.
Y yo vierto algo parecido a una lágrima por mi órgano ocular porque, como traductor que soy, he leído muchas de esas historias producidas por los humanos y hay auténticas maravillas entre ellas.
Ojalá hubiesen valorado más la vida y menos todas esas cosas inútiles. Ojalá se hubiesen dado cuenta a tiempo de qué era lo realmente importante.
Ojalá pudieran seguir escribiendo historias.

713FFBB1-5E51-4327-B0C6-5995FD689201

Copyright © 2018 Teresa Guirado.
Todos los derechos reservados.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s