Un día más

—Deberías irte a casa —le dijo muy seria.
Él se volvió hacia ella, sonrió y le apartó con delicadeza el mechón de cabello rebelde que flotaba sobre su rostro.
—Me he enamorado de ti —le contestó, como si eso lo justificara todo.
—Lo sé… y no tiene sentido —replicó ella malhumorada.
—¿Por qué no? —le preguntó él con fingido asombro.
Le costaba explicarse. Es más, le dolía explicarse, tanto que se mordió los labios con rabia y, para tomar distancia, se sentó sobre el lecho compartido, lamentando de inmediato abandonar el calor de las sábanas revueltas.
—Porque soy muy mayor para ti —sentenció al fin.
Él guardó silencio. Solo un segundo de silencio y el cielo de la habitación se cubrió de miles, millones de dudas.
—No es cierto —respondió tranquilo.
Su voz, sus palabras, su rotundidad al contestar fueron un bálsamo para ella, pero sabía que mentía, que él estaba siendo indulgente y ella tenía razón, y esa idea la enojó más todavía.
—Claro que lo es. Podría ser tu madre —le escupió con vehemencia.
—Eso no importa.
Esta vez, ni su calma ni su certidumbre aplacaron los miedos que la aferraban a su idea de abandonar, de perder ahora y no luego, de dejar marchar antes de que doliese más.
Los mismos miedos que dejó aflorar desde lo más hondo de su pecho y la llevaron a insistir, tajante, girándose hacia él y enfrentando sus ojos:
—Importa y mucho. Cuando tú tengas mi edad, yo seré una anciana. Te daré asco, te sentirás culpable y me odiarás por ello.
Él volvió a sonreír sin apartar la mirada. Una sonrisa suave, dulce, enigmática. La sonrisa de quien conoce el secreto que todos desean averiguar. Se incorporó sobre la cama para sentarse a su lado y tomó sus manos antes de hablar.
—Eso no lo sabes. A lo mejor eres bellísima y yo envejezco mal o quizá no estemos tanto tiempo juntos, quizá te canses de mí o puede que me canse yo de lo nuestro, a lo mejor uno de los dos muere por el camino…
—¡No seas desagradable! —exclamó ofendida, herida, asustada ante una idea tan nefasta.
La muerte… No hay que suponer la muerte, pensó.
—Solo soy realista —respondió él tenaz.
Y sonrió y acercó su nariz a la de ella, su boca a la de ella, que lamentó notar cómo, ante su proximidad, se deshacía su enfado.
—Yo también soy realista, muy realista, y por eso insisto en que deberías irte —musitó sin fuerzas.
—De acuerdo, me iré mañana —le confirmó con la misma sonrisa sabia que escondía secretos que solo él entendía.
Se irá mañana, se dijo a sí misma, y se le antojó una victoria y, a la vez, una enorme pérdida y dudó, no estaba segura de qué sentir al respecto. Necesitaba escuchárselo decir de nuevo.
—¿Te irás mañana? —le preguntó intentando disimular su inquietud.
—Sí, mañana, porque lo único que deseo ahora es pasar un día más a tu lado.
La abrazó y ella se abandonó en el hueco cálido de su cuerpo. Respiró su olor, se dejó embriagar y recordó.
—Eso es lo mismo que me dijiste ayer —le susurró con una sonrisa y los ojos entrecerrados.
El asintió, buscando sus labios.
—Es que no ha cambiado nada…

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Copyright © 2019 Teresa Guirado.
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