Un romance de oficina

 


—¿Te has enterado de lo nuevo de Iggy Pop?
Raquel ya está temblando antes de levantar la cabeza. Ahí lo tiene, al otro lado de su mesa. Sobre la pantalla plana de 21 pulgadas de su ordenador sobresale su pecho vestido de traje oscuro, camisa gris y corbata perfectamente anudada. Traga antes de poder contestar.
—¿Te refieres a Gardenia, su nuevo LP? —¡Bien, bien, bien!, se felicita a sí misma. Esta mañana ha elegido la emisora adecuada y ha escuchado la noticia. Incluso han puesto el primer single. Una pasada, desde luego—. Una pasada ¿eh? Tiene pinta de que ha colaborado David Bowie…
Eso también lo han explicado en la radio. Se siente cultivada, moderna y, sobre todo, dichosa.
Él le sonríe y ella se derrite, pero para adentro. No va a mostrar nada a este hombre. A fin de cuentas es un compañero y en la oficina es mejor no ligar, mantenerse en su sitio, que luego todo son problemas. Aunque no puede evitar dejar volar su imaginación. En sus fantasías él acude cada día a su puesto, se sienta en su mesa y se echan unas risas que alimentan la semilla de la que, poco a poco, germina su amor…
—Está genial. Luego hablamos, que tengo ahora una videoconferencia —le dice ojeando su reloj.
Luego hablamos, le ha dicho. Su corazón revolotea alrededor de su cabeza dejando a su paso nubes de algodón azucaradas. ¿Qué puede ser? ¿Qué le querrá decir? ¿Qué será?
Estas confianzas entre ambos comenzaron aquel día que Raquel se puso los cascos y activó la música en el móvil. No sonaba bien y subió el volumen, una y otra vez, hasta que su compañera le hizo gestos, entre risas, para que echase un vistazo a su alrededor.
Todo el mundo le sonreía. Dudosa, destapó sus orejas para preguntar qué ocurría y entonces lo entendió: no había enchufado los cascos al móvil y su música resonaba por toda la sala. PJ Harvey y Thom Yorke a duo en This mess we are in. Canción brutal, una de sus preferidas, pero tampoco hacía falta que el mundo entero lo supiera.
Entre todo ese mundo estaba él, que se acercó y se plantó ante ella igual que hace solo un minuto.
—Oye, me encanta esa canción. Soy fan de PJ Harvey. ¿Has escuchado el álbum entero?
Raquel estaba en éxtasis y le costó entender lo que le estaba preguntando. Llevaba meses siguiéndole con la mirada, espiando sus costumbres, buscando en cada hombre que conocía las similitudes con él.
—Claro, es uno de mis favoritos —logró contestarle, mientras, mentalmente, intentaba normalizar la velocidad de su corazón y controlar su alborotado mecanismo de sudoración.
Desde ese momento se acerca a ella con intereses musicales. Solo eso. Ella contesta lo que sabe y disimula lo que no. Cada vez que le habla la deja taquicárdica, nerviosa, alterada. Inquieta durante un largo rato en el que no puede pensar más que en las palabras que acaban de intercambiar. Ha estado bien, regular, se podría mejorar…
Puede amargarse el resto del día si cree que no ha estado a la altura, o acostarse con una sonrisa si ha quedado satisfecha. Y se duerme pensando en él. En sus ojos brillantes, su piel dorada, su pelo castaño de corte demasiado moderno, y en cómo le sientan los trajes oscuros.
Suspira e intenta centrarse en sus tareas, pero el instinto la obliga a alzar la vista. Él está de pié, a un par de filas de su mesa, debatiendo con uno de los jefecillos a los que ambos rinden cuentas. La mira, sonríe y prosigue hablando. Una inyección de adrenalina inunda el pecho de Raquel.
Ya no puede pensar en el trabajo concentrada como está en controlar sus movimientos. Le ve alejarse, entrar en un despacho, salir con el teléfono apoyado en la oreja, pasar por delante de su puesto, mirarla de nuevo y hacerle un gesto… ¡¿Le ha hecho un gesto?!
Juraría que ha movido la cabeza en señal de “sígueme”. Un gesto ínfimo, minúsculo, apenas un tic. No está segura, o tal vez sí lo esté y le dé miedo aceptarlo porque no puede ponerse en pié y seguirle así como así.
Pero sí puede levantarse al servicio, y eso es lo que hace.
Camina tras él despacio, erguida, prestando atención a sus pasos y al culo perfecto que le sirve de guía. Cuando alcanzan el vestíbulo ve cómo se detiene y llama al ascensor. Ella debe atravesar ese espacio para llegar al baño, pero él aleja el móvil de su cara, finaliza la llamada que le mantenía ocupado y le pregunta en tono casual:
—¿Bajas?
¿Hay sugerencia en su voz? ¿Está insinuando que debe bajar con él? Raquel decide ser positiva y seguir adelante.
<<¿Por qué no? Tal vez yo le guste. Quizás hablarme de música sea su modo de expresar su interés por mí. Quizás él también sueñe conmigo…>>
—Bajo —afirma con vehemencia, porque, de algún modo, presiente que Cupido está en el aire.
Él sonríe de nuevo. Ella nota el palpitar de su corazón en las sienes. Él sujeta la puerta y le cede el paso. Ella contiene la respiración y se contonea ante él. Él se acerca para pulsar el botón de la planta baja. Ella no se mueve y se queda junto a él.
Sus pensamientos van a mil por hora.
<<Tenía que haber cogido el bolso, y la chaqueta, llevo bragas limpias, me depilé el viernes pasado, ¡qué bien huele!, no me he lavado los dientes después del café…>>
El ascensor se posa suavemente y abre sus puertas. Frente a ambos la recepción del edificio y las enormes puertas de cristal que dejan entrar el sol tibio de la mañana. Él le vuelve a ceder el paso. Ella se luce de nuevo ante él, con los nervios a flor de piel, sin saber hacia dónde encaminarse, así que ralentiza el paso todo lo humanamente posible.
Cruzan los controles de seguridad en paralelo. Se mueven juntos hacia la salida. Él la mira y sonríe. Ella le devuelve la sonrisa con chispas de ilusión en los ojos. Él frunce el ceño y cambia la cara a perplejidad, mientras camina hacia una mujer menuda de rostro dulce vestida como un pincel. Raquel que se da cuenta demasiado tarde y vira, como un barco ligero golpeado por una fuerte ola, casi como si hubiese bebido de más, para alejarse de la pareja que se saluda con un beso en los labios bajo un naranjo en flor.
La última mirada de él ha sido de confusión, la de Raquel de humillación.
Se aleja por la calle, sin chaqueta ni bolso, maldiciendo su suerte, su imaginación y al ingrato de Cupido que la ha vuelto a engañar.

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Copyright © 2018 Teresa Guirado.
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