Una escena romántica

Tiene su mano en mi mejilla y me susurra con pasión:

—Dime que me darás otra oportunidad, que te quedarás a mi lado.

Trago saliva del asco que me da pero compongo en el rostro un gesto de adoración y deseo. Creo que esta vez lo tengo.

Agacha la cabeza hasta que posa sus labios sobre los míos en un beso apretado y casto. En perfecta armonía los abrimos y yo absorbo su labio inferior mientras él hace lo mismo con el mío superior. Cambiamos inferior por superior, superior por inferior y repetimos la coreografía. Es entonces cuando giro la cabeza y le doy la nuca a la cámara. Aprieto la boca para evitar su contacto y cuento los segundos que pasan: uno, dos, tres, cuatro, cinco…

—¡Cooorten!

Apoyo las manos sobre su pecho para empujarme hacia atrás y separarme de él lo antes posible. Me doy la vuelta para observar las figuras que se intuyen tras los focos. Aguanto la respiración.

—¡Toma válida!

El equipo aplaude y yo ahogo un “¡hurra!” en la garganta. Sonrío y palmeo dos o tres veces para disimular pero no aguanto más la tensión y huyo hacia mi camerino. Camino tranquila hasta que salgo del plató y de la vista de todo el mundo. A partir de ahí despliego grandes zancadas, casi corro, aguantando el llanto.

La sesión no podía haber sido más desagradable. ¿Qué necesidad había de grabar, justo ahora, esas escenas románticas que, tras el montaje, sucederán al final de la película? No estoy en mi mejor momento para apechugar con esto, la verdad. Y todo por culpa de ese desgraciado al que he tenido que besar durante horas. Me entran nauseas sólo de pensarlo. Le odio, le odio tanto. Se me llena la boca de saliva, ¿eso es lo que llaman espumarajos de rabia? Me gustaría escupirle, sí. Escupirle, pisarle su bonita cara, pegarle una patada en los… Alguien me toma del hombro por detrás y me obliga a parar mis carreras y girarme hacia… ¿él?

—¿Qué coño estás haciendo? ¡Suéltame!

Y lo hace de inmediato. Libera mi hombro y me mira como un perro apaleado. Luego parece acordarse de algo y me muestra su disgusto.

—Esto no puede continuar así, Verónica. Hemos repetido esa maldita escena diez veces. Tenemos que hablar. Tienes que dejar que me explique.

—No necesito ninguna explicación. Lo tengo todo clarísimo. ¡Déjame en paz!

Me vuelvo de nuevo hacia mi camerino y en cinco pasos cruzo la puerta donde reposa un letrero con mi nombre pero cuando me dispongo a cerrarla tras de mí una fuerza se opone y se cuela en su interior dando un portazo a su espalda.

—Sal de aquí ahora mismo.

—Mira, Vero, si seguimos así vamos a hundir la película. Vamos a joder a un montón de gente y…

—Y tú vas a perder la oportunidad de tu vida, ¿verdad?

—Pues sí, Vero, sí. Esta es la oportunidad de mi vida pero no se trata sólo de eso. Déjame explicarme, por favor.

—No quiero saber nada de ti. Sal ahora mismo o me pongo a pegar gritos y monto un circo.

Se lleva las manos a la cara y le oigo suspirar con fuerza y, entonces, para mi sorpresa, se arrodilla. Sí, se arrodilla ante mí y yo abro la boca y soy incapaz de decir nada pero no puedo evitar sentirme crecida, orgullosa.  Puedo presumir de que el tío más atractivo del panorama nacional actual está arrodillado suplicándome.

—Te ruego que me escuches, Vero. Que me des una oportunidad para poner fin a esta situación, por favor. Aún quedan cinco semanas de rodaje y esto no va a funcionar como no le pongamos remedio.

Me encanta, no puedo evitarlo. Me gusta verle así, a mis pies… aunque más me gustó verle sobre mí, entre mis piernas, dentro mí… Hace sólo dos semanas y se me ha hecho eterno, larguísimo. Dos semanas de una pena intensa, de un dolor sordo y una tristeza como no había sentido jamás. Quince días de orgullo herido y baja autoestima así que verle así, implorándome, compensa un poco las cosas.

—Lárgate —le suelto con suficiencia—. Yo soy una profesional. Lo que ocurrió entre nosotros no tiene nada que ver. Si las tomas no salen es porque no trabajas como debes, no es culpa mía.

Sus ojos me muestran el dolor que le han causado mis palabras. Me alegro. Ojo por ojo.

—Sabes que no es cierto. Estás siendo injusta. Igual que sabes que tú comenzaste todo esto.

Entorno los ojos con altanería, ¿cómo se atreve?

—¡Y una mierda lo empecé yo! —elevo el tono de voz.

Claro que lo empecé yo. El mismo día que le conocí. En cuanto me lo presentaron y me dijeron: ”Este es tu compañero y vais a tener que enamoraros”. Cumplí a pies juntillas. Le puse ojitos, le tocaba el brazo al dirigirme a él y le esperé ese viernes tras dos semanas de tocamientos secretos a su costa con su foto entre las sábanas. Me hice la encontradiza, le invité a una cerveza, le obligue a seguirme a lo más oscuro de la zona vip del bar para evitar a la prensa y me pegué a él con la excusa de tener frío. Él sólo se dejó llevar. Una actriz famosa con buenas tetas y un bonito culo. ¿Puedo culparle?

—Te aprovechaste de mí. Querías mi fama —le suelto a sabiendas de que no se sostiene. Que, si así fuera, estaría conmigo ahora y lo habríamos hecho público. Tonterías que dice una cuando está nerviosa como lo estoy yo ahora.

—Me gustas. Estoy bien contigo. Fue una noche estupenda pero no pensé que quisieras algo más.

Me sorprenden sus palabras. ¿No pensó que yo quisiera algo más? Pero si me mandó un ramo de flores y una caja de bombones al día siguiente con una tarjeta que decía “Anoche lo pasé estupendamente, fue una velada muy especial. Gracias”. Y, luego, si te he visto no me acuerdo. Ni una llamada, ni un gesto de complicidad en los estudios. Nada, la nada más absoluta y yo cada vez más cabreada y más miserable ante sus ojos.

—¿Envías flores y bombones a todas las mujeres que te tiras? —le espeto indignada.

—Pues es la primera vez que tengo una aventura de una noche así que no sé qué decirte, la verdad.

Ahora sí que me deja anonadada.

—¿Me tomas el pelo? —le pregunto con una ceja enarcada porque no me lo creo aunque, por otro lado, comienzo a valorar opciones distintas a las que yo me había planteado.

Debe notar mi cambio de actitud porque, arrodillado como está, apoya el culo en los tobillos y deja reposar las manos sobre los muslos en una postura más relajada.

—No sé qué piensas de mí pero no soy un salta camas. He tenido pocas novias y todas formales. Alguna aventura ocasional, claro, pero no ha pasado de unos besos. Yo… yo no quería nada con nadie del rodaje. Me parecía una pésima idea pero apareciste tú, esa noche, y yo… Pero nunca creí que quisieras algo más, en serio. Sólo ahora me doy cuenta de que te he ofendido.

—¿Ofenderme? —levanto la barbilla fanfarrona. Ofenderme dice, me ha hecho polvo, que es distinto—. No me has ofendido en absoluto, ¿qué te crees?, es sólo que,… —el nudo en la garganta se hace más pequeño y me cuesta tragar. Me entran unas ganas terribles de llorar. Nunca quiso nada conmigo. Sólo se dejó llevar. Lo nuestro fue acoso y derribo por mi parte.

Me desplomo en la silla que reposa ante mi tocador. Mis cremas, sombras, labiales y cepillos me miran burlones. Mi espejo iluminado se ríe de mí. La actriz famosa con un buen culo no es merecedora de amor. Sexo de una noche, eso es lo que soy.

Se aproxima a mí de rodillas y pone su bonito rostro a la altura de mi cara.

—Escúchame, ¿por qué no volvemos a intentarlo dentro de cinco semanas cuando todo esto termine?

—¿Me estás proponiendo salir de nuevo cuando finalice el rodaje? —le pregunto con un ligero tono de sarcasmo en la voz. ¿Me tomas por tonta?, deseo preguntarle. Pero en lugar de eso me callo. Me guardo mis miedos porque ya me han hecho estropearlo todo una vez. Porque puede que lo que propone no sea sólo su modo de sobrellevar las próximas semanas de la mejor forma posible. Porque quizás sí le gusto. Porque cabe la posibilidad de que entre nosotros suceda algo en un futuro y, si abro la boca ahora, sólo me estaré cerrando puertas.

—Me encantaría salir de nuevo contigo —me confirma y yo deseo ver sinceridad en su  expresión.

No le digo que pienso que lo único que le preocupa por encima de todo es la película y que estoy convencida de que, cuando la terminemos, no volverá a acercarse a mí. Miro sus largas pestañas y sus labios perfectos y, en lugar de eso, me hago la tonta, endulzo mi modulación y aprovecho las circunstancias.

—¿De verdad crees que puede salirnos bien? —le murmuro acercándole mi rostro.

Por fin me sale de forma natural la misma cara de adoración y deseo que se esperaba de mí en las últimas tomas que hemos rodado. Él actúa de nuevo como ha hecho en el plató. Acerca sus labios a los míos y nos fundimos en un beso, pero no me conformo sólo con eso. No voy a parar ahí. Tengo cinco semanas por delante y voy a aprovecharlas.

Comienzo ya mismo desabrochándole la camisa…

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Copyright © 2017 Teresa Guirado.
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